Mini Book Fotos

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Nombre: Mariano Nicolás Scavo
Fecha de nacimiento: 19/02/1991
Nacionalidad: Argentina
Localidad: General Daniel Cerri, Bahía Blanca, Buenos Aires.
Página Web: www.marianoscavo.com
Aplicación Android: https://play.google.com/store/apps/details?idcom.ejectproject.marianoscavo
Aplicación IOS: https://itunes.apple.com/ar/app/mariano-scavo/id1044358965?mt8
Página de facebook Más de 140.000 seguidores: https://www.facebook.com/marianoscavoescritor/
Obras publicadas: Un solo corazón 2013 (Compendio de textos estilo poesía). Libro de los recuerdos olvidados 2014 (Microrelatos con reflexión). Ámame si quieres 2015 (Novela romántica). Más de 600 ejemplares vendidos a nivel personal. El acceso ascendente 2017 (Libro espiritual/Autoayuda).

Otro poco del Book
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Fragmento de “Cohesión”
Para hablar del crudo origen, de lo que todo esto permitió; tengo que escribirle a ella, la persona que me reinventó. Yo te hice una promesa y, aunque del dolor más intenso surgió, fue con UN SOLO CORAZÓN, que aquella promesa se cumplió. De la mano de una mente IMAGINANTE, el sueño se concretó; y así un extenso camino, en el aquel momento inició.
El tiempo fue transcurriendo y mi corazón de nuevo habló, así un LIBRO DE RECUERDOS OLVIDADOS e historias de vida creó. Todo se fue conectando, como un efecto DOMINÓ; y allí comprendí que era eterno ese camino que se bifurcó.
La herida se fue cerrando y con el tiempo cicatrizó, nuevos caminos se fueron surcando y lo que estaba muerto revivió.
ÁMAME SI QUIERES, Ámame si puedes, Ámame si osas arriesgar; porque ahora que todo ha cambiado, se me hace fácil soltar y volar.
Y así, del dolor más profundo, a la más intensa felicidad; recorrí EL ACCESO ASCENDENTE, que me llevó a la libertad.

Más del Book
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Reino intermedio

El reino intermedio.

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En dónde el mono es el resultado inequívoco de la involución genética de razas humanoides antiguas.
Hace mucho tiempo, cuando el hombre de las cavernas aún siquiera existía, una evolucionada civilización vislumbró la plenitud de su excelsa existencia. Viajes que surcaban las estrellas, control mental sobre la materia, comunicación telepática, dominio absoluto de la gravedad y de varias leyes del Universo, manipulación genética, reproducción asistida. Todo eso era cuenta corriente. Muchos seres estaban en el proceso final de ascensión sobre lo material; muchos otros ya estaban ascendidos al absoluto. La luz era lo que gobernaba, lo que abundaba, lo que predominaba.
Ellos eran como nosotros, solo que más evolucionados.
Varias razas, resultantes de diversos puntos del Universo, habían concluido en la Tierra, estableciéndose allí y convergiendo con las restantes. La lucidez era lo que reinaba entre todas ellas, la brillantez que tenían, era envidiada por todos los seres de la galaxia. Pero, la oscuridad se fue sembrando y todo aquello que brillaba se fue opacando.
Como resultado de las mezclas y manipulaciones genéticas descontroladas, entre las razas y entre los seres mayor y menormente elevados en consciencia, con diverso desarrollo de ADN, los habitantes de aquella gloriosa civilización, ciudadanos de la Tierra, fueron retrocediendo. Buscaban, con las diversas combinaciones de genes, dar como resultado final a un hombre perfecto. Creían que cada ser que nacía era mejor que su predecesor y estaban seguros que los retoques en el laboratorio podían acelerar ese proceso. Pero estaban equivocados.
Con el paso del tiempo y de las generaciones, se perdieron primero los “superpoderes”, es decir, aquellas habilidades que nosotros aún no dominamos. Luego se redujo, de manera estrepitosa, la inteligencia promedio de la sociedad; pasando de 250 puntos, a su mitad en los primeros siglos y siguió cayendo en los siguientes. Por último, se redujo inmensamente la esperanza de vida, y se fueron deteriorando las cualidades físicas, llenándose el cuerpo de vellosidad, perdiéndose la postura erecta y alterándose la motricidad.
Entonces, en unos pocos miles de años, aquella tan evolucionada civilización, fue involucionando de manera progresiva. Pasó de ser una mega estructura de super hombres, a ser una inmensa manada de simios. A partir de allí, ya conocen la teoría de la evolución.

Este fue el reino intermedio que nunca se reveló.

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Tu amor o el mundo

Tu amor o el mundo

foto portada

…Y nuevamente volvieron a discutir, miedos infundados e incertidumbres con dosis de desconfianza parecen ser una y otra vez los mismos monótonos y cíclicos problemas. Esta vez, él no quiso callar sus pensamientos sobrecargados de opresión; la mira seriamente y con un gesto de insensibilidad le dice: “el resto de mi mundo jamás podrá competir contra tus sonrisas, pero sí contra mis lágrimas y mi angustia; si el sol se aleja del cielo que veo no podré seguir, al menos que me guíe por nuevas estrellas. Lo dejaría todo por una causa justa, pero ya no puedo pelear batallas innecesarias, que solo le traen más penas a mi alma malherida. Sería hasta capaz de quemarme, si es tu fuego el que me impulsa hacia su centro, pero ya no podré apagar tu incendio si existen más personas involucradas en la situación.
Podría seguirte hasta el fin del mundo, pero si cortas la soga que me mantiene unido a tu ser me perderé en el camino y buscaré refugio en quién me abra los brazos.”
Ella un poco desconcertada, tal vez sorprendida, le responde:
“¿Puedes ser más claro? No sé a dónde quieres llegar.”
Él con una sonrisa de supremacía, quizás con aires de misterio se limita a cer rar la odiosa conversación diciendo:
“Mientras me quieras, serás lo mejor de mi vida, pero el día en que dejes de hacerlo, posiblemente ya no serás nada y me verás partir de la misma manera en que me viste llegar.”
Al escuchar estas palabras la chica comenzó a llorar de una manera sutil, pero descontrolada y luego de abofetearlo le da un abrazo de esos que no se olvidan fácilmente por más tiempo que transcurra; lo mira luego a los ojos y termina recostando su barbilla sobre el hombro del chico que amaba, en un gesto de vergonzoso ar repentimiento,
pero también, con grandes suspiros de amor.

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EL ACCESO ASCENDENTE: RESEÑA 1

EL ACCESO ASCENDENTE: RESEÑA 1

el acceso ascendente

RESEÑA HECHA POR: DOSIS DE LITERATURA. Su página:
http://dosisdeliteratura.blogspot.com.ar/2017/10/mariano-scavo-el-acceso-ascendente.html

↓ SINOPSIS ↓

Es hora de despertar. La verdad aclama ser descubierta.
Comenzó el ciclo para que te conectes con la energía primordial y hagas que tu vida sea más agradable. Es tiempo de que apartes el dolor de tu camino y te dispongas a dar pasos hacia la ascensión, mejorando el mundo que te rodea. No demores más tu felicidad; acá se encuentra la llave de tu libertad. Este es el lugar preciso, ahora es el momento apropiado, tú eres la persona correcta.

↓ OPINIÓN PERSONAL ↓

Es un libro que requiere un amplio criterio, que abramos nuestra mente un poco, pasando las barreras que nuestras creencias en ocasiones pueden crear y que nos hacen ser un poco escépticos en cuanto al tema del ámbito espiritual; pues es una lectura que vale muchísimo la pena, que invita a la reflexión profunda, al análisis de las posibles razones de nuestra existencia en este plano tierra, de nuestra experiencia humana y el gran apego que solemos tener a lo material o lo palpable, dejando por completo de lado lo verdaderamente importante, que es nuestra evolución espiritual.

Es una obra que esta cargada de gran conocimiento y que sin duda, dejara marcada la vida de todo aquel que le dedique de su tiempo. La tercera parte resulta a mi parecer la más valiosa, pues a lo largo de trecientos mensajes que el escritor comparte, nos entrega palabras de aliento que en verdad tocan las fibras más sensibles de nuestro ser y que nos incitan a continuar en nuestro andar; por lo que recomiendo tener un bloc de notas cerca, para de esa manera transcribir esos mensajes y leer uno de ellos cada día que despertemos y créanme, cambiara por completo nuestro día y nuestra actitud.

Este libro es ahora uno de mis favoritos, que sin duda volveré a leer en un futuro cercano y que de verdad recomiendo mucho, resulta una lectura rápida, amena y que cambiara tu visión de la vida.

DEJÁ VOS TAMBIÉN TU RESEÑA, SI YA LEÍSTE EL LIBRO.
http://dosisdeliteratura.blogspot.com.ar
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ÁMAME SI QUIERES: Infidelidad imperdonable

CAPÍTULO VII: La infidelidad imperdonable

Mariano Scavo - Amame si quieres TAPAS

Capítulo VI: ACÁ

NOTA: RELATO FALTANTE EN PRIMERA EDICIÓN EN PAPEL. Corrección de capítulo: Infidelidad imperdonable:

El padre de Eugenia, a las pocas semanas, ya me había adoptado como su hijo postizo; con su novia, Yolanda, no tenía mucho trato. Eugenia y yo teníamos una relación extraña, supongo que la continuidad de mi camino solicitaba un poco más de tiempo de recuperación. No éramos novios, pero yo le regalaba rosas y chocolates a diario, sumado a que dormíamos cada noche, muchas tardes y algunas mañanas juntos. Definitivamente su juventud plena despertaba mi apetito sexual al extremo, pero tenía miedo de que se enamorara, también debido a esa juventud. Saben ustedes, por experiencia propia, que hasta cierto punto de nuestra vida, confundimos amor con enamoramiento, admiración, atracción física y, a veces, hasta con lástima.
La cuestión es que su padre me había conseguido un buen empleo en la empresa en la que era uno de los dueños. Estaba yo asociado al sector de marketing, proponiendo y diseñando ideas para mejorar los productos o publicidades para así aumentar las ventas. Jamás antes en mi vida lo había hecho, pero era un trabajo sencillo, que me agradaba y para colmo, ganaba mucho dinero. Me sentía cómodo con esa vida, con esas personas, en ese lugar. Pero no era lo que había salido a buscar.
Sé que van a pensar que no me conformo con nada, pero les recuerdo que hay una gran diferencia entre la comodidad y la felicidad. Es más, me atrevo a decir que la primera suele ser la enemiga de la segunda.
Me sentía muy bien por el momento, pero ese sentimiento un día acabaría y no me pensaba quedar esperando hasta que llegara ese día. Le recordaba a Eugenia que pronto me iría, que no se encariñara demasiado conmigo, pero ella solo repetía que ese día aún no había llegado, que mientras tanto, disfrutáramos los momentos juntos. Decía que uno nunca sabe cuándo puede sentir un poco de amor. Aunque mis creencias eran distintas, tengo que aceptar que las suyas eran dignas de ser aceptadas.
Entonces, disfrutando el presente, sin olvidarme nunca d eque ese no era mi futuro, vi pasar otro par de semanas sin sobresaltos. Quizá hubo hechos importantes, pero por algún motivo ahora no me vienen a la mente. Supongo que los que siguen son mucho más interesantes. En una de las tantas noches en las que peleaba dentro de las sábanas y moría junto a Eugenia, en una guerra en donde la victoria se la llevaba quien le otorgara mayor placer a su oponente; en una de esas noches, que por cierto, salí victorioso como me era de costumbre gracias a mi mayor experiencia, me levanté a tomar agua. Allí me encontré de nuevo con la joven novia del padre de Eugenia, vestida esta vez solamente con una bata transparente. La diferencia radical entre la otra vez y esta, fue que ella me vio; y lejos de avergonzarse, ruborizarse, enojarse, taparse, o cualquier otra reacción que me hubiese parecido normal, ella se quedó mirándome y hasta me regaló una sonrisa. Si no fuera tan inocente a veces, hubiese asegurado que eran gestos de seducción los que veía en ella. Lo cierto es que esa noche me quedé sin mi vaso de agua, puesto que retorné de inmediato a mi cuarto a librar otra hermosa batalla con Eugenia que casi estaba rendida antes de comenzar.
Me desperté al día siguiente, tarde como de costumbre, con esos bellos ojos mirándome con amor. Si bien disfrutaba de esa rutina, me di cuenta de que si no cortaba ahora con ella, pronto generaría un dolor indeseable en el corazón de la joven y posiblemente también en el mío. La verdad es que ella no me generaba amor, pero tengo que aceptar que cada una de las heridas de mi espíritu quebrantado fueron emparchadas por las caricias que Eugenia me había regalado. Callado, me levanté, me bañé, me cambié, desayuné y me fui a trabajar. Esa jornada no disfruté de mis comidas, ni de mi trabajo; no gocé de la gente que generalmente me agradaba; esa jornada, por más que
intenté, no pude sonreír. Estaba claro que la fantasía que me había pintado necesariamente para superar lo de mi querida Miranda se estaba desvaneciendo. Sentía de manera indispensable que era hora de un nuevo rumbo en mi camino; pero a la vez sentía que una parte de mí había muerto y que la otra solo podría sobrevivir contenida en los brazos de Eugenia.
No quise pensar mucho más. Esa noche, aprovechando que era
viernes y que al día siguiente no trabajaba, le dije a la joven de ir
de copas a un bar. Tomamos un trago, dos, tres tragos; llegó el
cuarto, pedí el quinto, ella el sexto. Unos amigos de ella se nos
unieron. Perdí la cuenta de lo que estábamos tomando y de
cuántos vasos y botellas pasaron. Creo que eso fue necesario en
aquel momento.
Me sentí muy mareado y desconcertado en un momento, pero
era temprano y la fiesta apenas si estaba en llegando a su
máximo esplendor. Le dije a Eugenia que me quería ir y, aunque
quiso acompañarme, la veía disfrutando demasiado aquella
noche como para sacarla de allí. Le pedí por favor que se
quedara y sus amigos la terminaron de convencer. Luego, uno
de los chicos, creo que se llamaba Cristian, o tal vez Claudio, o
Armando, vaya uno a saber; se ofreció acercarme hasta la casa,
puesto que notó que de otra manera no llegaría. Me dejó en la
puerta y supongo que regresó a la fiesta. Chocando todo lo que se cruzaba en mi camino, logré llegar a la habitación y, así como
había llegado, me desplomé sobre la cama.
No sé cuánto tiempo había pasado, ni qué hora era, apenas sabía
dónde estaba, pero en un determinado momento siento a alguien
meterse en mi cama, bajo las sábanas que me cubrían. Mi estado
era deplorable, pero mis deseos sexuales, como ya les mencioné
anteriormente, estaban en su auge. La persona se colocó sobre mí,
recuerdo haber tratado de detenerla al sonido inarmónico de un:
“¡Eugenia, ahora no!”; pero haciendo caso omiso a mi pedido,
comenzó a fregarse suavemente contra mi cuerpo con una sutileza
exquisita. Estaba oscuro y mi mareo no me dejaba abrir los ojos; la
chica insistió y mi cuerpo comenzó a tomar calor. Me arrancó la
camisa, me sacó el cinturón, desabrochó los botones de mi Jean y
para cuando me quise dar cuenta, estaba ella ya desnuda sobre mi
cuerpo descubierto. Comenzó con un movimiento suave que
terminó de despertar mi hambre de carne y, con la poca
coordinación que me quedaba, comencé a jugar su juego. Cuando
estaba en pleno pico de mi disfrute, a segundos de sentir el éxtasis
supremo, la puerta del cuarto se abre, la luz se prende y un grito
agudo me sacó la borrachera en un segundo del susto que me
generó. Cuando vi a Eugenia en la puerta, mirándome con cara de
haber visto un fantasma, miro hacia mi lado y veo desnuda,
tapándose como podía, a la joven novia del padre. Yo no pude
decir nada, más que mirar a Eugenia, la joven no hizo nada, más
que mirarme a mí, y Eugenia nos miraba a ambos con gestos que
combinaban la sorpresa, la tristeza y el odio. De pronto, ella
vuelve a gritar: “¡Papá! ¡Papá!”, y ¿saben qué?, papá apareció de
inmediato. Se acercó a los gritos, con cara de maníaco y
abalanzándose sobre mí comenzó a golpearme. Recibí esa noche
tantos golpes como no creo haber recibido en el resto de mi vida.
Su joven novia forcejeó con él, hasta que logró detenerlo, evitando que me matara. Eugenia se quedó mirando, sin decir nada.
Cuando me reincorporé de la terrible paliza que había recibido,
intenté de mil maneras explicarle a ambos que todo era una
horrible confusión, que yo creía que la chica era Eugenia, ya
saben, trataba de explicar lo inexplicable, aunque esa era la
verdad. El padre amenazó con matarme si no me iba en diez
minutos, Eugenia se encerró en su cuarto y ya no pude hablar
con ella, la chica se esforzaba por inculcarle alguna mentira a su
novio para que la perdone. Junté mis cosas con una velocidad
increíble y me fui, con mi estado, física y mentalmente,
deplorable. Recuerdo haber dormido en el banco de una plaza
cercana a la casa, y de haberme despertado cerca del mediodía
con un terrible dolor de cabeza y de cara. Decidí tomar un taxi al
hospital más cercano, realmente me dolía mucho todo lo que
estaba por encima del cuello.
Cuando llegué a la guardia me atendieron de inmediato, un
médico me llevó hasta una habitación en donde una enfermera
me hizo recostar sobre una cama. Mis ojos aparentemente
estaban hinchados, lo cierto es que veía poco. De pronto, vi una
especie de cuchillo pasar por delante de mis ojos y escuché una
voz femenina que dijo: “No mires, no va a doler, pero puede
impresionarte.” ¡Y claro que miré!, la sangre caía frente a mis
ojos, aunque de a poco, comenzaba a ver un poco mejor. Me
preguntó luego que me había pasado y le respondí que me había
emborrachado y que me habían golpeado unos muchachos
afuera de un boliche. Me preguntó luego si quería hacer la
denuncia y dije que no, que no sería necesario. Luego de las
sanaciones me dejó marchar. Antes de salir del hospital, pasé por
el baño y me miré al espejo y más allá de los moretones, no veía
tan mal a mi rostro.
Sé que tal vez imaginaron que también me terminaría acostando con ella, pero bueno, uno a veces se imagina muchas cosas que jamás
ocurrirán en realidad. Ese es uno de los principales conflictos en la
sociedad de hoy en día.
Con cada nueva mujer que el universo me presentaba, más imploraba
mi corazón para que la siguiente sea la indicada. La verdad es que me
estaba convirtiendo en una bestia irracional e instintiva con cada
tentación que no lograba superar. Tal vez fue divertido por un tiempo,
pero ya había tenido suficiente de placer y vacío conviviendo juntos
dentro de mí. Sabía que estando solo, aceptaría cualquier propuesta, pues
la soledad requiere ser desafilada para que no termine acabando con uno.
Quizá mi problema era, en ese entonces, buscar demasiado, forzando
aquello que el universo gratamente me estaba ofreciendo. Así, se planteó
un dilema en mí: ¿debía sentirme culpable, o tal vez, debía disfrutarlo?
Sabía que este momento no se repetiría de nuevo en mi vida, que
solamente era una extensa racha bienaventurada, que mis cualidades
físicas no me volvían exitoso en esto de las relaciones. Y, analizando todos
estos aspectos, entendí que pronto acabaría; pero mientras durara, tenía
que aprovecharlo al máximo. Fue allí, con el impulso de ese
razonamiento, que dejé de cuestionar mi manera de vivir este último
tiempo y me mantuve receptivo a las ofrendas que la vida me
proporcionaba.

PODÉS LEER MÁS HISTORIAS ACÁ.

“Esta infidelidad fue involuntaria, sin embargo, no tuvo escapatoria.”

¿Lo consideras infidelidad?

ÁMAME SI QUIERES VI: Un receso en la aventura

ÁMAME SI QUIERES- C-VI: Un receso en la aventura

“Las desgracias también forman parte de una aventura.”

Mariano Scavo - Amame si quieres TAPAS
Tal vez se pregunten por qué nunca nadie me llamaba o yo nunca
llamaba a nadie, o bien, por qué no tenía contacto con mi familia. La
realidad es que esas cosas pasaban a menudo, pero no aportaban datos
interesantes ni relevantes para esta historia. Por lo menos fue así hasta
el día después de mi noche con Eugenia.
Me levanté junto a ella y le propuse ir a merendar a un bar
cercano. Le dije, antes de salir del cuarto, que posiblemente eso no
se iba a repetir o, al menos, no iba a suceder con frecuencia; pero
ella no le dio demasiado interés a mis palabras. Fuimos al bar y
pedí dos licuados de frutilla con bochas de helado de americana
y barras de chocolate en el interior. Realmente esos tragos eran
deliciosos. Todo iba muy bien, ahora no existía tanta tensión
entre Eugenia y yo, nuestra relación era mucho más natural.
Hasta que sonó mi teléfono. Llamaban de Monte Deseado para
darme la peor de las noticias, la menos esperada: Miranda, mi
querida Miranda, había muerto.
Lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin consuelo; mi
corazón comenzó a sufrir una intensa taquicardia; mi mente
quedó paralizada, mi cara inmutada y sin reacción. Eugenia me
hablaba, pero no sé qué me decía, mis pensamientos habían
quedado congelados en la amarga noticia. Unos minutos
después volví en mí y le conté lo ocurrido. Ella quedó muda, sin
saber qué decir, pero estoy seguro que comprendió que me iría.
Me levanté y pedí el primer Taxi camino al Aeropuerto de la
ciudad, me tomé el primer vuelo hacia Puerto Estelar, que era el
aeropuerto más cercano a mi pueblo; me bajé del avión, me tomé
un taxi a la estación de colectivos y, tomándome el primer micro,
me bajé en medio de la ruta en la cercanía de la entrada a mi
pueblo. Recuerdo haber corrido tan rápido como me dio el
cuerpo y haber llorado tanto como me dio el alma.
Ya habrán notado que en el transcurso recorrido desde aquel bar en Mar
Violáceo hasta la llegada a mi pueblo, que por cierto fue un viaje de casi
treinta horas, hubo muy pocas cosas que radicaran interés para este relato.
Entré llorando a mi antigua casa, no sé dónde tenía
almacenada tantas lágrimas y abrazando a mi hermana,
pregunté por Miranda. Me respondió fríamente que ya la habían
enterrado en el cementerio de la ciudad. Pregunté que le había
pasado y me dijo que hacía rato, dentro de ella estaba creciendo
un tumor cerebral, y que más allá de que se lo estaba
controlando, poco se pudo hacer al respecto. Le dije que era
imposible, que yo no estaba enterado a pesar de haber estado
tanto tiempo a su lado. Mi hermana me partió el corazón el
contarme que era el único en todo el pueblo que no lo sabía.
Miranda así lo había decidido para que yo no me quedara a su
lado por lástima, para que su problema de salud no fuera una
atadura para mi alma. ¿Pueden ustedes creerlo? En ese momento
pasaron por mi mente las ideas más oscuras que recuerdo haber
tenido en toda mi vida; incluso pensé en que merecía dejar de
existir por haber sido tan hipócrita, egoísta, desinteresado, frío y
estúpido con ella.
Me encerré en mi antiguo cuarto, solo con mi pena, mi vacío,
mi angustia y mi desolación. Llamé a Eugenia buscando
consuelo, pero le faltó madurez para consolarme; intenté
llamando a Tamara, pero ésta ni siquiera atendió; pensé en
Angélica, pero ella nunca me había escrito pasándome su
contacto; y por último sentí la enorme necesidad de hablar con
Gisel, pero no tenía modo de ubicarla. Mi mente era el caos más
intenso en aquel momento, por suerte mi cerebro de desconectó
de inmediato y caí desmayado en la cama ante tanta miseria
concentrada en un solo instante. Allí tuve un sueño que me
permitió continuar con mi vida medianamente en paz. Miranda
me sonreía vestida con sedas blancas, brillaba intensamente. Me
abrazó como solía hacerlo. Me dijo que siguiera mis sueños, que
por siempre me amaría, que ella continuaría existiendo, porque
la vida es solo un momento de la eterna existencia. Para cuando
desperté, habían pasado diez horas y toda mi familia se
encontraba a mi lado intentando despertarme. No sé cómo
entraron, ni cuánto tiempo estuvieron allí, pero lo cierto es que
yo ya estaba mucho más tranquilo. Les dije por qué me había ido
y las cosas que había vivido, aunque evité contar mis aventuras
amorosas. También les comenté que pasaría a visitar a Miranda
en el cementerio y que luego volvería a irme, a continuar con mi aventura. No estuvieron muy
de acuerdo, pero eso no era mi problema, sino el de ellos.
Caminé entonces hasta la calle Tomberi, y por ella hasta llegar
a las criptas. No tardé mucho en encontrar su tumba, estaba
repleta de regalos y rosas. Quiero recordarles que ella era
perfecta, un ángel en todos sus aspectos; antes un ángel en la
tierra, ahora un ángel en el cielo.
Estoy seguro de que Miranda escuchó todas las cosas que le dije aquel
día, pero son cosas que prefiero llevarme conmigo. Es cierto que no la
amaba, pero la quería más de lo que pude expresar en el comienzo de
esta historia.
Pasé unas cuantas horas junto a ella y luego, con un poco más
de calma en mi interior, volví a marcharme de mi pueblo.
Cuando llegué a la ruta tuve la suerte de cruzarme un colectivo
que venía vacío. El mismo frenó ante mis gesticulaciones
desesperadas y luego de un arreglo económico con los choferes,
subí. El viaje tenía como destino la ya conocida ciudad de Buen
Augurio. Al sentarme en la butaca lo primero que hice fue sacar
el tan preciado libro y comencé a hojear los títulos de sus
historias. Frené en una que llamó particularmente mi atención en
ese instante. El texto se llamaba “Aún Recuerdo” y les juro que
pudo lograr quebrarme de nuevo. Supongo que no pude
soportar el hecho de pensar que a Miranda le hubiese encantado
que yo la amara como la persona que escribió este texto lo hizo
con su amada. Sin más ni menos, decía lo siguiente:
“Recordar tu sonrisa aún llena cada sector de mi alma.
¿Será cierto que el amor es eterno? ¿Mi corazón aún estará
proclamando a gritos tu presencia? ¿O será mi cerebro el que te
deja aferrada a mi ser como recuerdos? El hecho es que pensar en
aquellos gloriosos tiempos, en donde tu mirada se apoderaba de
mi fortaleza y me dejaba rendido a tus pies, dibuja una sonrisa
en mi rostro y refleja una paz interior inexplicable.
Desearía volver a verte reír, volver a sentir el abrazo de tu
dulce mirada, volver a gozar el calor de tus seguros abrazos y
escuchar, aunque sea una última vez, un sincero susurro de tu
boca, diciéndome que me amas.
Te echo de menos, aunque ya no tengo indicios de nostalgia ni
melancolía; extraño todo lo que tiene que ver contigo, pero
aprendí a no necesitarte, pues sé que nuestro camino llegó a su
final, topándose con un precipicio sin fondo, sin destino.
Sé que un día tendré el honor y el placer de volver a ver tu
sonrisa, mientras tanto me conformo con la reliquia que tu
perfecta esencia dejó grabada en mi memoria. Un desierto hay
ahora, en donde quedaron las huellas de mis lágrimas disecadas,
esperando que el viento sople fuerte y las cubra por siempre. Mi
corazón sigue latiendo, aunque con menos pasión y más
desencanto; de las pocas cosas que me hacían feliz, tan solo
me queda pensar en la mueca celestial que tus labios dibujaban
para mi gozo. Lamento haber tenido que sufrir la desgracia de
verte partir en ese momento en donde realmente habías logrado
alcanzar la felicidad. Me queda el consuelo de que lo último que
le regalaste al mundo fue una sonrisa, precedida por grandes
cantidades de amor. Hoy tu imagen sigue dibujándose en la parte
más inconsciente de mi cerebro y tu voz continúa retumbando en
mis oídos, haciendo eco en mi corazón. Tu mirada son esas
estrellas que contemplo en cada noche solitaria y tu sonrisa… qué
decir de ella, si siempre fue un manantial de satisfacciones para
mi alma; si nunca dejó de ser la fuente de mi calma, mi cordura y
mi estabilidad. Prometí amarte por siempre y es esta una de las
promesas que más placer me da mantener. Sé que sos feliz, hoy,
ahora, estés donde estés; sé que de alguna u otra manera aún
existís. Eso es todo lo que me hace falta para no caer.”
No quiero acotar más nada de ese viaje, no lo disfruté
demasiado.
Llegué finalmente a las tierras de la recepcionista Tamara, pero
elegí esta vez ir a un hotel más sencillo, de todas formas, solo
estaría de paso. Nueve días anduve desganado, vagando por las
calles de Buen Augurio, recorriendo todo aquello que me habían
recomendado y que antes no había podido visitar. Creo que fue
ese deambular una especie de duelo con mi pasado, en donde, si
bien no me tiré al abandono, tampoco pretendí gozar de ningún
extravagante placer. Digamos que simplemente vi pasar frente a
mí a todos esos días de mi vida.
Debido a que mi cuenta en el banco estaba disminuyendo
notablemente decidí el décimo día volver a Mar Violáceo para
reincorporarme y si era necesario, también reinventarme. Viajé
nuevamente en colectivo, pero no voy a dar detalles de ese
período.
El hecho es que volví a la ciudad y acudí en primera instancia a
la joven Eugenia para pedirle algunos días de estadía en su casa.
Tanto ella como su padre, que a esas alturas ya sabía toda la
verdad de los hechos, accedieron gustosos a mi pedido. Esa
noche, fui yo quien le pidió a Eugenia que se quedara a dormir
conmigo, obviamente sin tener ningún contacto sexual.
Necesitaba un poco de compañía y ella lo entendió sin
complicaciones. Si bien hablamos poco, terminamos durmiendo
acoplados, aunque semivestidos; y nos dormimos, mientras yo
acariciaba su pelo con una mano y ella usaba de almohada mi
otro brazo.
A los pocos días de repetir esta rutina y sin tener relaciones con
ella, mi alma comenzaba a sanarse y mi mente a fortalecerse. Mi
estado mejoró poco a poco, hasta que llegó al nivel suficiente
como para continuar con mi búsqueda y mi aventura.

Acá podes encontrar el principio de la aventura: Ámame si quieres- CAP I

Y ACÁ PODES CONTINUAR CON LOS SIGUIENTES CAP: CAP II CAP IIICAP IV CAP V

El juicio final

El juicio final
El juicio final

Y de pronto, una ola de tortuosas nubes de aspecto demoníaco se abalanzó repentinamente sobre su cabeza. Era como si el propio infierno hubiese ocupado el lugar del cielo, llevando las profundidades oscuras del mismo inframundo hasta las puertas inviolables del Edén; y de repente, su alma pura comenzó a temer, a entristecer, a envejecer. De sus ojos aterrorizados comenzaron a notarse lágrimas de sangre, cargadas de dolor, repletas de angustia; su mirada se quedó vacía y perdida, en dirección a la holocáustica figura nebulosa que se había parado sobre su ser; sus rodillas golpearon fuerte y seco contra las rocas que abundaban debajo de su sombra; y un grito agónico, potente e interminable, quebró la tensión de sus cuerdas vocales, atemorizando la consciencia de cualquier ente viviente que pudo haberlo escuchado en ese momento.
Y de pronto, un haz de oscuridad se abrió paso entre las nubes, que a estas alturas parecían arder entre llamas rojas y grisáceas, y se posó en el centro de su alma; y su corazón se detuvo por un instante; y su mente, perdió el control sobre su cuerpo. Entonces, comenzó a levitar lentamente, como si estuviese siendo abducido por una fuerza de naturaleza sobrenatural. Cuando sus pies se habían alejado a una distancia aproximada de cinco metros de la base donde permanecía antes situado, una voz que no podría describir jamás con palabras -solo puedo decir, que el simple hecho de pensar en ella hace dudar cada escrúpulo de mi persona y me genera tal escalofrío, que me deja en un estado de parálisis mental- le dijo: “serás el Mesías de mi caos, el mensajero de mi reino, aquel que guíe mis malditas tropas sedientas de almas manchadas con mal, y acabarás con los pecadores que osaron oponerse a mi ley y a su destino…”
Así, sus ojos se tornaron brillantes, como si una bola de fuego intenso se hubiese generado dentro de cada uno ellos; y su corazón se vació de inocencia, cargándose de justicia…de justicia luminosa, pero también de oscuridad.
El haz de negrura retornó hacia la umbra de las nubes, pero él, permaneció levitando. En ese mismo momento el mundo estuvo en plena calma, pero un segundo después, comenzó el reinado del terror.
Una bestia alada, mitad ángel, mitad demonio, cayó desde las nubes mediante un gran rayo estruendoso y el ente poseído que yacía aún entre el cielo y la tierra se convirtió en su jinete; y al elevar su mano derecha hacia el infierno que permanecía sobre su cabeza, un hueco se abrió en el centro de las sombras, dando paso a una tropa de ascendidos caídos, criaturas celestiales corrompidas y poseídas por el mal y la oscuridad.
Una vez completo el ejército holocaústico, el jinete los guió hacia la gloria, los guió hacia la perdición…
No pasó mucho tiempo para que ningún ser viviente quedara habitando el planeta. No creo que sea necesario dar detalles de tal masacre; pero deben saber, que al terminar con su misión los ángeles caídos estaban llenos de luz y retornaron hacia el cielo, que había vuelto a su normalidad; el jinete y su bestia se convirtieron en piedra, primero, y en cenizas, luego; me cabe decir solamente que se oyó un susurro de aquella voz, que había perdido su tono aterrorizante. El susurro fue claro y decía: “fue necesaria la extinción para que exista mañana un nuevo despertar en el planeta”.

El juicio final es simplemente un juicio de restauración, que lleva a la compensación de las energías.

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Ámame si quieres. Capítulo V: La ama de casa y la joven de nuevo

ÁMAME SI QUIERES- CAP V: LA AMA DE CASA Y LA JOVEN DE NUEVO.

Mariano Scavo - Amame si quieres TAPAS

Llegué una hora antes a la terminal, que quería abandonar a
tiempo la casa. Pero vaya sorpresa me llevé, cuando la vi a
Eugenia saliendo por la puerta principal. Se veía tan linda, tan
frágil y tan inocente como podía recordarla, con sus prendas
ajustadas y coloridas, sus accesorios llamativos y su cabellera
sumamente arreglada. Me vio de inmediato y mostró una
emoción descontrolada cuando lo hizo. A los saltos y a los gritos,
tal como uno saluda a su perro después de haber realizado un
largo viaje, se me acercó y me dio un fuerte abrazo, sumándole
al mismo, un beso estruendoso en mi mejilla izquierda, cerca,
muy cerca de mis labios.
–Qué gusto volver a verte. ¿Qué hacés por acá?
–El gusto es totalmente mío, pero ¿por qué no me llamaste?
–No vas a creerme, tuve unos días sumamente agitados.
–Si sabés que no voy a creerte, contame otra mentira. –Dijo
mientras se reía. Vine a rendir el ingreso a la universidad,
aunque, no me siento muy preparada. ¿Vos que hacés por acá?
–Estoy a punto de mudarme a Mar Violáceo. Mi ciclo en esta
ciudad terminó.
–Eso es muy bueno. Mi padre vive en esa ciudad y si no quedo
en esta universidad, iré a estudiar a la que hay allá.
– ¿Cuál de las dos es mejor para vos?
–La que está allá, sin lugar a dudas, pero mi madre no quiere
que esté muy cerca de mi padre. Es más, prefiere a que viva sola
en esta ciudad.
–Creo que sos lo suficientemente grande como para decidir por
voluntad propia. Si es aquella realmente la mejor universidad,
espero verte por allá.
–Prometo verte pronto, espero que me llames. Ahora tengo que
irme porque el examen comienza en breve.
–Prometo llamarte esta vez. Te deseo el mejor de los éxitos.
Me vuelve a saludar de la misma manera que antes, dejándome
sin respuesta y sin reacción. Luego se sube a un micro de línea y
se va.
Un momento pasó, el colectivo llegó y yo me subí. Esta vez me
aseguré de conseguir un asiento individual. Una vez arriba, ya
más relajado, recordé el libro y no pude evitar pensar por un
largo tiempo en Gisel. Si bien con ella no había pasado ninguna
historia carnal y ni siquiera sentía ningún tipo de atracción física,
era de todas las mujeres que había conocido hasta el momento, la
que más me agradaba y la que mejor le caía a mis sentidos. Tal
vez porque fue la única por la cual no sentí el deseo de que
pasara algo; y, de igual manera, estoy seguro que por su parte
tampoco pasaron esos anhelos. La cuestión es que después de
reflexionar un poco, abrí el libro y vi que estaba dividido en
textos independientes. Decidí comenzar a leerlo. El primer texto
se titulaba: “Las enseñanzas del maestro” y decía lo siguiente:
“El hombre jamás podrá crear nada que esté fuera de su mente.
Por suerte, toda la infinidad del universo se encuentra dentro de
la misma.–
Esta fue la última enseñanza que me regaló mi sabio maestro
antes de abandonar su cuerpo; con los últimos suspiros me dejó
este mensaje para que me atreva a descifrarlo; me dijo también
que comparta todos y cada uno de sus alegóricos grandes
consejos. Él creía que ya estaba listo, por eso, y solo por eso, lo
voy a intentar.
Aprendí de él, que todo en el universo es energía, todo tiene la
misma esencia y el mismo origen. Todo lo que existe está creado
a base de lo mismo.
La vida tiene sus propias leyes y nada escapa de éstas; ni los
minerales, ni los vegetales, ni los humanos, ni siquiera ningún
ser por encima de éstos.
Comenzó diciéndome que todo era mente, que el universo era
mental. Esto refiere a que somos una creación de una mente
superior, tal como si fuésemos pensamientos interconectados, y
que así mismo, tenemos la capacidad de crear de la misma
forma. De esta manera, decía que somos tan creadores como
nuestro creador, solo que infinitamente a un grado menor.
Como es arriba es abajo y como es abajo es arriba, me dijo
luego. Trataba de explicarme que en la vida existen muchos
planos de existencia, desde los inferiores hasta los superiores y
que todo, pero absolutamente todo lo que pasa en uno es
totalmente aplicable a otro. Está claro que son lo mismo y les
afectan las mismas cosas; simplemente es distinta su escala.
Luego me dijo que nada está quieto, que todo vibra. Tanto una
roca, como la electricidad, pasando por los organismos
humanos, no son más que partículas en vibración; la única
diferencia entre un grano de arena y nosotros es que nuestras
partículas se organizan de modos distintos y lo más importante,
están vibrando a diferente velocidad. A mayor densidad menor
velocidad de vibración y viceversa, solía repetirme.
Como cuarto principio, él exclamaba siempre que todo tiene
dos polos, dos extremos; la luz y la oscuridad, el bien y el mal, el
frío y el calor; todo es dualidad, ambos tienen distintos grados
de intensidad, pero no dejan de ser la misma variable. ¿Dónde
termina lo largo y comienza lo corto? Me preguntaba.
La siguiente enseñanza que me dejó fue que toda causa tiene su
efecto y todo efecto su causa. Que la casualidad no existe, que le
atribuimos el título de casual a todo aquello que no entendemos
o aún no conocemos. Toda acción tiene su reacción en algún
plano, aclamaba susurrando.
En sexto lugar me dijo que un ritmo gobernaba toda existencia,
uno que subía y bajaba, que se elevaba y descendía. Nada escapa
de estos movimientos, de estos ciclos; nos movemos junto a ellos,
por eso nada bueno o malo es eterno, sentenciaba sin sonrisas.
Por último, me dijo que todo en la vida tiene su principio
masculino y femenino, el primero creador y el segundo criador.
La sexualidad está presente en cada cosa, me recordaba.
Cuán sabio fue, sin dudas. Esto es un homenaje a su excelencia,
mi maestro, el gran Imhotep.”
¡Me pareció sorprendente! Creo que era aquella una historia
que escondía muchos secretos entre sus líneas y que ocultaba
una cruda realidad. Recuerdo que pensé que si las demás
historias serían como esa, ese libro se convertiría en uno de mis
tesoros más apreciados. No sé si Gisel me regaló el libro por
alguna razón, pero ya tenía ganas de volver a verla y
agradecérselo.
Inmediatamente tuve ganas de leer el segundo texto y si bien
no tenía nada que ver con el primero, me pareció de igual
manera una obra de arte. Por eso también quiero compartirlo con
ustedes. El mismo se titulaba: “No valía la pena”.
“El viernes pasado por la tarde, mientras transitaba las oscuras
calles de los suburbios de la ciudad de Londres, un elegante
señor me detiene desanimadamente, toma mi brazo
atrevidamente, y con un gesto de tristeza en su rostro me dice:
“Pena, dolor, agonía,
tristeza y melancolía.
Mi alma se siente vacía,
mi rostro demuestra apatía.
Caídas, lágrimas, lamento,
ausencia y sufrimiento.
Mi corazón con resentimiento,
mis sonrisas borradas por viento.
Miedo, abandono, locura,
soledad e inmensa tortura.
Mis heridas no tienen cura,
poco queda en mí de cordura.
Silencio, oscuridad, vacío,
tinieblas y escalofrío.
Mi llanto ha formado un río,
mis sentimientos se tornaron sombríos.”
Disculpe usted que mis versos sean tan tristes, y que estén
cargados de tanta agónica pena, nacen de un profundo vacío y un
extremo dolor. Realmente la amaba, elementalmente la necesitaba,
pero tuve que verla partir.
Perdóneme por generar un nudo en su garganta, por darle paso
libre al recorrido de sus lágrimas, sin desearlo me carcome un
tortuoso sufrimiento que podría acabarme de no liberarlo. Realmente
la extraño, encarecidamente la necesito, pero sé que ya no está, que
no la puedo abrazar, ni escuchar, ni ver, que solo apenas y
melancólicamente la puedo recordar.
Excúseme si le transmito mi amargura, si le consumo alguna de
sus sonrisas; había planeado una vida con ella y ahora todos los
sueños son pesadillas, pues no volveré a tener el placer de tenerla a
mi lado.
Téngame piedad, mi oscuridad crece con cada día, mi vida se
marchita con cada hora, mi alma se consume con cada segundo.
No es mi intención generar caos en usted, simplemente intento
resistir; la carga de este sufrimiento es demasiado pesada. Sin ella,
estoy dejando de ser, de vivir, de existir.”
No pude decir nada, ni reaccionar con mi cuerpo. Había logrado
destruir mi ánimo y me conmovió de tal manera que una lágrima
brotó de uno de mis ojos.
Me soltó el brazo, metió su mano en su saco, sacó un revólver, y
acabó con su agonía frente a mis ojos. No pude detenerlo, ni
siquiera verbalmente. El dolor que existía en su mirada me decía
que el fin era necesario.
Ahora que pude salir del shock emocional y comencé a
reflexionar, estoy seguro de que no tenía razón; que por más dolor
que uno cargue puede drenarlo, rellenando sus venas lentamente
con un poco de paz y de amor.
Que nada nunca es tan malo como para no volver a empezar:”
Realmente ambos textos habían logrado despertar sentimientos
muy profundos en mi ser. El primero acudió a despertar mi
hambre de curiosidad; el segundo logró aflorar penas que
permanecían estáticas en mi mente. Luego de eso, decidí que era
suficiente por el momento y me acosté a dormir de la manera más
cómoda que pude en el asiento del micro.
Cuando me desperté, lo primero que hice fue preguntarle al chico
que hacía de “azafata” en el colectivo, qué tan lejos estaba de mi
destino. Desgraciadamente me dijo que acabábamos de dejarlo
hacía unos minutos, que en cuarenta kilómetros más, podría
bajarme en el siguiente pueblo, La Carroza Oxidada. Traté de no
lamentarme demasiado repitiéndome una y otra vez que eso había
pasado por algo. El tiempo transcurrió y llegué al indeseado
destino. Cuando bajé sentí que estaba en una granja en el medio de
la nada. No había terminal, ni edificaciones
interesantes en tamaño; apenas si podía contar una docena de
casas. Tenía que volver en mi camino 50 kilómetros y no sabía
cómo. Así que acudí un poco a mi instinto de supervivencia y
comencé a golpear puertas, para ver si alguien se apiadaba de mi
situación.
Golpeé la primer casa, pero nadie salió; intenté con la que se
encontraba a su izquierda, pero no tuve respuesta; continué con
la siguiente y con la siguiente, obteniendo siempre el mismo
resultado. No podía creerlo, me había varado en un pueblo
fantasma. Luego de intentar, casa tras casa, de la primera a la
decimosegunda, en esta última, una niña me abrió. Le pregunté
si estaba su madre o alguna persona mayor y antes de que
pudiera responderme una señora se asomó por detrás. Era
mucho más alta que yo, su piel era oscura y su pelo estaba muy
descuidado; sus dientes eran perfectamente blancos, aunque no
estaban alineados; su mirada era profunda, el color de sus ojos
era marrón; de cuerpo tenía lo suyo, tal vez, estaba excedida
levemente algunos kilos de su peso ideal. Estaba descalza y por
más raro que vaya a sonar, sus pies me resultaron hermosos. La
miré de abajo hasta arriba, y se dio cuenta de eso.
– ¿En qué puedo ayudarlo, señor?
Le comenté mi situación, haciéndome bastante la víctima, tal vez
exageré un poco con los hechos, pero estaba oscureciendo y la
noche se estaba poniendo fría. Me hizo pasar y dijo que
prepararía algo para comer. Me ofrecí a cocinar y aunque se
negó, insistí añadiendo que era lo menos que podía hacer para
agradecer su gesto de cortesía. Mientras me ayudaba a cocinar
me comentó que vivía con su hija y su esposo, aunque el mismo
volvía a la casa una semana cada cuatro debido a su trabajo.
Sospechaba que la engañaba con otra, pero necesitaba mantener
a su hija con un techo y con un futuro digno, por eso nunca
había dicho nada. Acotó también que si era necesario, daría su
vida por el bienestar de su hija. Yo le conté mis aventuras desde
Miranda, tal como ustedes la conocen. Tal vez a ella le mentí en
algunos aspectos, pero lo hice porque la niña oía todo lo que
hablábamos. Les preparé pizza rellena y a ambas les pareció una
delicia. La niña se fue a dormir y la madre me propuso
quedarme a dormir en el sofá, para conseguirme al día siguiente
alguna persona que me acercara a la ciudad. Accedí contento a
su propuesta y le pregunté si podía quedarme viendo una
película. Me dijo que justamente ella había comprado una para
ver y decidió que era buena idea que la viéramos juntos. Ella
permanecía de su lado del sillón y yo del mío, casi sin tener
contacto visual e intercambiando solamente unas pocas palabras.
La película estaba interesante y eso hizo que se reduzca el
contacto entre nosotros. En un momento dado ella empezó a
masajearse el cuello y no pude evitar preguntarle qué le pasaba.
Me dijo que hacía varios días sentía una molestia y que cada vez
que miraba televisión por un tiempo prolongado comenzaba a
dolerle. Me ofrecí a hacerle masajes, pero aseguro que no tuve en
ningún momento malas intenciones, simplemente era bueno
descontracturando. Recuerdo claramente que dijo: “Sí, por qué
no.” Entonces me paré detrás de ella y le dije que se relajara,
mientras permanecía sentada mirando la película. Comencé a
acariciar su cuello, mientras le explicaba que era necesario para
relajar la zona muscular; luego comencé a hacer presión y a
deslizar el nudo que le había detectado; cuando logré ablandarlo,
comencé a acariciar su cuello de nuevo, e incluí en esta sesión a
los lóbulos inferiores de sus orejas y a su pelo. Cuando me
aseguré de que el nudo ya no iba a molestarla alejé mis manos,
pero, en ese momento, me dijo que también le dolía la espalda.
Entonces se recostó boca sobre el sofá mientras apuntaba con una
de sus manos hacia su dorsal superior. Me di la vuelta y me
arrodillé a su lado, pero la verdad que estaba bastante incómodo
y se lo expresé. Me dijo que me sentara en el sillón que ella se
recostaría boca abajo sobre mis piernas y, sin pensar demasiado
en las consecuencias, accedí. Comencé por sus trapecios y
espalda alta, bajé por sus brazos, sin descuidar su cintura. Sus
pies me tentaron y también comencé a masajearlos. La situación
fue tomando temperatura, a tal punto que a los diez minutos, me
vi masajeando su entrepierna, mientras permanecía ella en ropa
interior. Lo que ocurrió no hace falta aclararlo, simplemente me
queda sumar otra mujer a la sorprendente sucesión que la vida o
el universo estaba regalándome. El sexo no fue de lo mejor, pero
la verdad es que me sentí muy cobijado entre sus brazos. Ella se
fue luego a dormir a su pieza y me dejó descansar unas horas en
el sofá. Pero antes le pregunté su nombre, ya que extrañamente
no lo sabía. Sonrió y me dijo que se llamaba María. Luego se
retiró.
A la mañana siguiente, su hija me despertó dándome tirones en
uno de mis brazos. Un poco desconcertado la saludé acariciando
su cabeza, cuando de pronto, siento la voz de su madre diciendo
“¡Hora de desayunar!”. Ahí recordé todo lo ocurrido y di un
salto del sillón, como verán, solía exaltarme seguido. Me aseguré
de estar vestido y me dirigí hacia la cocina, donde ya había sobre
la mesa tres tazas de café y un plato lleno de panqueques. Me
senté junto a la niña y cuando la madre se nos unió,
comenzamos a comer. Traté de no mirarla demasiado para no
avergonzarme, tampoco traté de mirar demasiado a su hija
creyendo que podría sospechar algo. Me limité a agachar mi
cabeza y disfrutar del desayuno. Al terminar, le pedí a María si
podía escoltarme hasta alguien que me pudiera llevar a la
ciudad; ella asintió con la cabeza y me llevó hacia afuera. Fuimos
juntos hasta la casa que se encontraba exactamente al frente y al
golpear la puerta sale un anciano.
–José, ¿cómo anda?, necesito un favor enorme. ¿Podría arrimar
a mi primo hasta Mar Violáceo? Ha venido a visitarnos desde
lejos, pero ya tiene que seguir su camino.
–Sí, señora, por usted llevo cohetes a la luna y los traigo de
regreso.
–Muchas gracias, siempre es usted tan dulce.
–Y usted tan hermosa.
José me dijo entonces que lo espere mientras sacaba su viejo
auto del patio de la casa. Esperé entonces, y mientras tanto le
pregunté a María por qué habíamos pasado la noche juntos. Me
respondió que mi mirada la había cautivado desde un primer
momento, sumado a eso, se sentía sola y dijo que mis masajes
despertaron en ella sentidos que ya suponía olvidados o
muertos. Me acarició la mejilla y se fue a su casa con su hija,
deseándome un buen viaje y una buena vida. José sacó su viejo y
deteriorado auto, que observándolo en detalle me sorprendió
que hubiese arrancado y me dijo que subiera. Se colocó el
cinturón de seguridad y me obligó a imitarlo para comenzar el
viaje. Como podrán imaginar, el viaje no fue muy interesante.
Tardamos dos horas en hacer 50 kilómetros y tuve que escuchar
una y otra vez como se le pasaba la vida observando a María,
soñando con María, imaginándose con María.
Cuando llegamos, le agradecí enormemente el favor y le ofrecí
dinero, pero no lo aceptó. Le di entonces un consejo que no sé si
fue el mejor, pero aseguro que lo dejé sonriendo y regresó feliz a
su pueblo. Le dije que si sentía tantas cosas por María, entonces
tenía que pelear por ella, que no sintiera la diferencia de edad,
que tal vez esa señora que tan imposible le parecía conquistar, se
enamorara o se sintiera cómoda en sus brazos, aunque sea por
algunos momentos de su vida.
En lo que respecta a mí, teniendo en cuenta que José me había
dejado en la terminal de colectivos, averigüé donde podía
alojarme, consulté que línea me dejaba cerca y me dirigí por el
camino que había trazado.
Me subí a la línea plateada, al interno 120. Sin mirar demasiado
en su interior, me senté en el segundo asiento individual, como
era de mi gusto. A los pocos segundos de realizar esta maniobra,
siento un susurro en mi oído derecho, un susurro que decía:
“¿ahora no saludás?”, seguido por una risa que me sonaba muy
conocida. Al voltearme veo primero unos pelos rubios y luego,
unos ojos terriblemente celestes y grandes. Se habrán dado
cuenta ya de que también me eran conocidos. Era la joven
Eugenia de nuevo, que tomó mi mano y me llevó al fondo del
vehículo, en donde había dos asientos contiguos libres; donde
nos sentamos.
–Parece que el destino nos quiere juntos.
–La verdad es que han sido varias coincidencias.
–Varias agradables coincidencias, querrás decir.
–Sí, señorita, claro que agradables.
–No me tratés de usted, me hacés sentir vieja.
–Está bien.
– ¿Dónde te estás hospedando?
– No vas a creerme pero, acabo de llegar.
Entonces le comenté la secuencia de hechos, obviando algunos
detalles de lo que pasó por la noche, claro está. Eugenia me dijo
con extrema emoción que me quedara en la casa de su padre,
con ella. Dijo que tenía una casa grande. Pero rechacé la oferta.
Insistió diciendo que tenía un cuarto vacío, que el padre no
tendría problemas, que estaba cerca del centro, que me iba a
sentir más seguro y acompañado. En resumen, insistió tanto que
terminó por convencerme.
Me encontré entonces esa mañana bajando del micro con
Eugenia, fuimos a comprar insumos para cocinar algo que
agasaje a su padre.
Extrañamente ella casi no me conocía, pero me tomaba de la mano y
me guiaba a todos lados como si fuese su novio. Ahora que me pongo a
pensar, no conocía a ninguna de las personas con las que terminé
teniendo una historia pasional. De todas maneras, ella era menor y me
repetí mil veces que no podía caer en la tentación.
Compramos la carne, las verduras, la bebida y el postre,
caminamos luego dos cuadras hasta la casa de su padre, ubicada
a la sombra de dos grandes edificios. Llegamos cerca de las once
de la mañana e ingresamos con la llave que ella tenía. Dijo que su
padre se iba a llevar una grata sorpresa, porque no tenía
conocimiento de su llegada. Me mostró el lugar y me propuso
que comenzáramos a cocinar de inmediato, puesto que su padre
arribaría a las doce del trabajo. Empecé entonces salteando las
verduras en una sartén, mientras asaba los bifes en una parrilla
pequeña. Mientras yo preparaba la comida ella me miraba, me
contaba cómo le había ido en el transcurso de nuestra primera y
segunda visita, así como también entre la segunda y la tercera.
Cada vez que quería mirar de cerca la comida, me tomaba la
cintura por detrás y asomaba su cabeza por debajo o por al lado
de uno de mis brazos.
Tenía la sensación de que me estaba tentando, pero sabía que tenía que
ser más fuerte, que no podía ceder, que ella estaba prohibida.
Las doce se hicieron y su padre llegó. Ese momento sería
decisivo para decidir si me quedaría o me iría. Eugenia se
adelantó corriendo hacia él, a los dulces gritos de “¡Papi! ¡Papi!”,
mientras yo me mantuve alejado. Su padre realmente estaba feliz
de verla, tanto que hasta se le escapaban las lágrimas. Estoy
seguro de que ya me había visto en ese entonces, pero su
atención plena estuvo centrada en su hija por unos cuantos
minutos. Luego Eugenia nos presentó. Yo lo saludé con mi mejor
cara, extrañamente él también lo hizo.
–Hija, ¿Es tu novio?
–Sí, lo es.
Supongo que ese fue el momento justo para decir que no lo era
realmente, pero no dije nada. Simplemente sonreí asintiendo.
– ¡Es un placer!
– ¡El placer es mío, señor!
–Se va a quedar unos días, hasta que consiga trabajo y se
pueda mudar, papá.
–Mientras te haga feliz, querida, se puede quedar todo el
tiempo que desee.
Yo no lo podía creer, es tremendamente raro que un padre diga eso.
Estaba empezando a sospechar que mi vida se había vuelto un “Reality
Show” y que todos complotaban en mi favor o en mi contra.
Luego de una breve conversación, nos sentamos a comer y tal
como fue planeado el padre quedó anonadado con la calidad de
la comida. Acotó en broma que aún si me peleaba con su hija,
podía quedarme a cocinar.
Ese día no quise salir a buscar empleo. Siempre fui un
convencido de que los trabajos hay que comenzar a buscarlos
por la mañana temprano y que la tarde solo es útil cuando la
mañana no alcanza. Siguiendo ese absurdo, aunque fiel
principio, aproveché el tiempo para acomodarme en el cuarto
que solidariamente me habían asignado. Me recosté
plácidamente y saqué el libro que Gisel me había regalado.
Entonces leí otra historia, aunque no me resultó demasiado
interesante, tal vez porque la leí mientras me atacaba el sueño.
Creo que dormí tres o cuatro horas. Estaba anocheciendo
miré por la ventana. Cuando salí del cuarto, la vi a Eugenia salir
del baño con una vestimenta que me pareció un pijama. La parte
inferior era un short extremadamente corto y la parte de arriba
una musculosa extremadamente holgada; ambas con el mismo
diseño de rosas rojas estampadas en un fondo blanco. Si bien
tenía ganas de seguir mirándola, me fui al comedor antes de que
pudiera sentirme más débil.
En esos momentos me di cuenta de que lo que se nos presenta como
ilegal o prohibido llama mucho más nuestra atención que las cosas
cotidianas. De todas maneras, era una joven bellísima y eso no ayudaba.
Esa noche cenamos y pasó sin sobresaltos, me acosté enseguida
aunque me terminé durmiendo cerca de las dos de la mañana. El
sueño no me acompañaba y para colmo me había enganchado
con una película de acción.
Al día siguiente el despertador sonó a las siete y siete treinta ya
estaba en la vereda, listo para comenzar a recorrer la ciudad.
Hice un escape sigiloso para no despertar a nadie. Recorrí calles
y calles, entré negocio tras negocio, golpeé puerta tras puerta,
pero parecía que esta ciudad no sería tan simpática conmigo
como lo había sido la anterior. Hasta las dos de la tarde busqué
sin receso, pero agobiado y frustrado, terminé regresando a la
casa. El padre de Eugenia, que por cierto, se llamaba Héctor,
estaba tomando mate mientras miraba un partido de fútbol en el
living. Cuando me vio me invitó a acompañarlo y lo hice con
gusto. En el tiempo que pasamos esa tarde me contó que estaba
saliendo con una chica joven; que le agradaba que su hija fuera
feliz; que tuviera cuidado de no lastimarla; que era un placer que
los acompañara en su casa; y me recalcó que estaba saliendo con
una chica joven. No sé si lo hizo para alardear de su hazaña o
bien, burdamente estaba tratando de advertirme algo. La
cuestión es que él se fue a su habitación y yo partí hacia la mía.
Antes de llegar la vi a Eugenia pasar de su cuarto al baño (aclaro
que mi cuarto quedaba en el centro de esos dos lugares), con una
remera y debajo, solo la ropa interior. Yo entiendo que estaba en
su casa y que hasta ese momento yo no me encontraba cerca,
pero al verme ni siquiera se inmutó, es más, se acercó a
saludarme como si nada pasara. Mientras se alejaba de mí, les
juro que no quise mirar, pero tanto ella como yo deseábamos
que la mire y entonces, no lo pude evitar. Antes de que más
pensamientos pasen por mi cabeza me encerré en el cuarto y me
tiré sobre la cama, creo que era un buen momento para leer otra
de las historias del libro LRO. La misma se titulaba: “DE LA
MISMA MANERA” y si bien era un texto corto, me dio mucho
que pensar en aquel momento. Mientras lo leía, todas las
mujeres con las que había estado estos últimos días desde que
escapé de Miranda, se me fueron cruzando por la cabeza. El
texto decía:
“Sé que pensás en mí, tanto como pienso en vos, de a
momentos y a gritos que aclaman olvido.
Sé que aún me ves en tus sueños, que asemejan ser pesadillas. Yo
te contemplo de la misma manera, a medida que te veo partir.
Sé que tu recuerdo y el mío se esconden en el mismo recoveco
del universo; por eso nuestras memorias colapsan a la hora que
intentan olvidarse a sí mismas.
Te guardo tan poco rencor, como vos a mí, y te echo tanto de
menos en la misma medida que vos lo hacés.
Somos lo que fuimos y seremos lo que somos, distintos puntos
de vista del mismo hecho, diversos grados de la misma unidad.
Estamos conectados, bien o mal, queramos o no, no vamos a
poder escapar a esa realidad.”
Me di cuenta mientras leía los textos que eran muy diferentes entre sí y
aparentemente sin relación. Pero entendí que cada uno tenía una o más
enseñanzas entre sus líneas. Eso era algo que me fascinaba.
Cuando concluí de leer el texto escuché que golpeaban la
puerta del cuarto; sabía que era Eugenia y por eso me hice el
dormido. Creo que ese fue un grave error de mi parte, ya que
enseguida la puerta se abrió y pasos cuasi silenciosos se
acercaron a mi cama. Solo por curiosidad seguí haciéndome el
dormido. Debo aclarar que estaba yo con el cuerpo totalmente
extendido, en posición boca arriba y con la cabeza levente
recostada hacia mi izquierda. Sentí de repente que tocaban mi
pierna para ver si tenía reacción, pero continué inmóvil. Luego,
sentí que acariciaron mi pelo y por más deseos que tuve de abrir
los ojos y verla a Eugenia mirándome de cerca, no lo hice. Acto
seguido, y ya sin darme mucho tiempo a reaccionar, sentí una
mano que se metía por debajo de mi pantalón y peor aún, por
debajo de mi bóxer. En ese momento pegué un salto y mis
sospechas concordaron con la realidad. Eugenia sacó
rápidamente su mano y se cubrió la cara a medida que sus
mejillas enrojecían.
– ¿Qué hacés?
–Me siento terriblemente atraída por vos.
“¡Yo también!”, hubiera querido decirle. Sin embargo, mi
respuesta fue otra:
–No podemos hacer nada, salí del cuarto por favor.
–Dejame acostarme a tu lado, vestida, sin que pase nada.
Solamente quiero dormir entre tus brazos.
–No, no podemos. Eso terminaría muy mal. Por favor te pido
que salgas y más tarde hablamos bien.
Eugenia se fue sin decir nada y dando un portazo. Esperaba yo
que esto no me trayera problemas, las circunstancias ameritaban
que al día siguiente yo me fuera de esa casa.
excitarme cada vez más.
Comenzó luego a besarme el pecho y fue bajando con su
lengua hasta mi pelvis. En ese momento junté toda la fortaleza
que me quedaba y volví a sacarla. Le pedí por favor que se fuera.
Realmente yo estaba seguro de que ella no tenía esa edad y no
quería hacer algo de lo que luego me iba a arrepentir. Ella se
enfureció y se fue de nuevo sin decir una palabra, solo que esta
vez cerró la puerta con cuidado.
Para decirlo en términos claros, me había dejado con una
temperatura increíble y con un éxtasis en mis sentidos difícil de
calmar. Decidí que era momento de tomar un vaso de agua,
entonces me dirigí a la cocina. Vaya sorpresa me llevé al
encontrarme allí a una joven tremendamente hermosa y
extremadamente sensual, vestida únicamente con lencería en su
parte inferior. Por suerte no me vio y pude esconderme. Supuse
de inmediato que era la novia del padre, de la cual tanto me
había contado y entendí en ese momento por qué nada le
molestaba demasiado.
Mi nivel de excitación estaba por las nubes, parecían todos los
hechos darse a propósito incitándome a manejarme de la manera
liberal en la que ustedes me conocen, pero de la cual era incapaz
antes de aventurarme en esta historia.
Volví a mi cuarto, pero no entré. En cambio de eso golpé
sutilmente el cuarto de Eugenia, ella abrió la puerta, cruzamos
nuestras miradas y sin decir palabra la levanté, la llevé a su cama
y la hice mía, una y otra vez, casi salvajemente, hasta que todo el
deseo acumulado fue saciado y todo el incendio que había
generado en mi interior fue apagado.
Desperté a las tres de la tarde y Eugenia aún seguía
entrelazada en mis extremidades. Golpearon la puerta de la
habitación con un ritmo elevado y una fuerza apreciable y
siguieron golpeando hasta que logré que ella despertara y fuera
a atender. Era su padre, pero ella le dijo que estaba todo en
orden y con eso fue suficiente. Mi corazón, imagínense, estuvo
en mi garganta hasta asegurarme que se había retirado. En ese
momento Eugenia me dijo que había pasado la mejor noche de
toda su vida y que había sentido tanto placer como nunca antes
lo había sentido; al tiempo que me hablaba me mostró su
documento de identidad y realmente tenía veintiún años. No lo
podía creer, parecía mucho más joven. Supongo que si no
hubiese hecho añejar tanto mis deseos de poseerla, jamás la
hubiese podido dejar tan feliz.
Creo que es momento para aclarar que yo no soy un hombre seductor,
ni creo tener tan buen aspecto para que las mujeres se enamoren de mi
cara o mi cuerpo. Es más, ni siquiera soy alto, ni tengo demasiado
músculo en ningún lado. Tampoco soy un hombre que anda por la vida
acostándome con una y con otra, sintiendo deseos por cada mujer que
me llama la atención o que me parece bonita. No estoy acostumbrado a
la vida que esta aventura me está proporcionando y tengo que aceptar
que es agradable; pero yo no soy así. Temí bastante en creer que por
salir en busca de mi alma gemela, mi lado salvaje se fuera desarrollando,
porque los deseos que sentí aquella noche, fueron en contra de mi
voluntad racional. Sentía que poco a poco me estaba convirtiendo en
una bestia, en un ser despreciable y hasta que me separé de Miranda, yo
era todo lo contrario.
La cuestión era que Eugenia me gustaba pero ahora que sabía
que era legal estar con ella, o tal vez, ahora que había poseído su
cuerpo, no me llamaba demasiado la atención. De algo estaba
seguro, ella tampoco era la elegida.

PODÉS LEER EL PRÓLOGO ACÁ: PRÓLOGO.
EL CAPÍTULO 1 ACÁ: CAP1.
EL CAPÍTULO 2 ACÁ: CAP2.
EL CAPÍTULO 3 ACÁ: CAP3.
EL CAPÍTULO 4 ACÁ: CAP4.

Lo poco que me has dado

Lo poco que me has dado

poco

Los fragmentos polvorientos de una reliquia ancestral.
Los destellos de la cola de un cometa que pasó.
Las migajas de alimento que el viento se llevó.
Los suspiros acortados del que vive entre el mal.

Los susurros vergonzosos de un alma apenada.
Los segundos dolorosos de un cuerpo agonizante.
Los chasquidos malogrados de un ritmo errante.
La presencia diminuta de un grano entre la nada.

El recuerdo deformado de una mente añejada.
La pelusa incomodante que a menudo se desprende.
El tibio calor del humo de una rama que no enciende.
La caricia entre mil golpes de una mujer maltratada.

Un momento de felicidad en una vida de tristeza.
Un breve vaso de agua en medio del vasto desierto.
Una pincelada de vida de aquello que yace muerto.
Una gota de humildad en el corazón de la realeza.

Todo eso se compara con lo poco que me has dado. Espero haberlo explicado de la manera correcta. Nunca quise todo tu Amor, ni pretendí que seas perfecta. Me has llenado de dolor, todo esto se ha acabado.

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Libre de nuevo

Libre de nuevo

libre

Me he vuelto resabiado, me he librado del yugo de tus labios venenosos; he aprendido a distanciarme de tus brazos, que surcaban mi camino, ahondando mi destino, desluciendo todo lo que era hermoso.
Insensata, ya no creo en tus engaños desmedidos; no soy más tu juego preferido, me he cansado de jugar, hoy le digo adiós al daño. Tantos años he caído en tus trampas sulfurosas, con tus prosas maldecidas me has timado, amargando así mis días, colocándome esposas.
Hoy soy libre, me he escapado de tus redes, ofuscarme ya no puedes, tus tentáculos no envuelven más mi alma, en la más profunda calma hoy vivo, he superado tus obstáculos y sigo.
Querida, mucho tiempo has triunfado, me has dejado derrumbado, he caído con frecuencia; pero nunca me he rendido, ni he perdido la esencia de mi ser. Hoy me toca a mí vencer, mis creencias me han servido para ver tu indiferencia, tu falsa apariencia ya no se puede esconder.
Vete lejos, te lo pido, haz de tu presencia olvido; desaparece en el espejo, que es complejo el mecanismo que une nuestros organismos, como en un fugaz reflejo. Un bosquejo siempre queda, en sentimientos que han ardido, los latidos desparejos, son motivo de la absurda sinfonía que nos une, en una melodía que es inmune a mis defensas, que te enfrentan todavía.
Te destierro de mi lado, he acabado esta historia, que la gloria del pasado sea solo aprendizaje, que se pierdan tus chantajes en memorias, disfrazadas de victorias, para continuar el viaje. Que el coraje me gobierne y se alterne con mi orgullo, que el capullo que concierne a contener mis alas ceda; lo que queda es un murmullo que hereda un silencio que se hiela.

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