Diferente

Diferente

Sé diferente, sé especial

Único

Sos diferente al resto, jamás lo dudes.

Verás, yo no soy quien para decirte que hacer. No conozco tus pensamientos, ni sentimientos. No sé de tus miedos, ni tus alegrías; nunca entenderé de tus pesares, tus esperanzas, ni tus melancolías. No estoy al tanto de los hechos de tu pasado, como para entender tus comportamientos ante las situaciones que te abordan. Cada individuo es un mundo aparte; por lo que tu Universo es único y diferente al de todos los demás. Lo que intento decir es que no existe nadie que puede tomar tus propias decisiones; porque, aunque logren ponerse tus zapatos, jamás tendrán tus pies. Sos la única persona capacitada para evaluar cuales son tus mejores opciones con las herramientas con las que contás, ante los problemas que sobrevienen en tu camino.

Insisito: Sos diferente al resto, por eso no aplican las mismas respuestas a preguntas idénticas.

Sos un organismo particular, con inteligencia propia y una capacidad de razonamiento que, aunque pueda asemejarse, no idéntica a ninguna otra. Tenés lo que se necesita para superar los obstáculos, pero es necesario que confíes en tu valor como ser trascendental. No te digo que la idea es enceguecerse e ir transitando la vida sin escuchar a nadie; lo que te pido es que no te dejes convencer de algo que todos asumen como cierto. Aquello que la sociedad ha impuesto, no necesariamente es lo correcto. Hacé notar tu peculiaridad, no seas un clon de los estereotipos sociales.

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Dulce Recuerdo

Dulce recuerdo

                Dulce recuerdo

No eras perfecta por tu sonrisa, ni por tu mirada
no fuiste única por ser tan bella y adorable
te amé porque lo que me hiciste sentir fue inexplicable
y me elegiste, a pesar de que no te podía dar nada

No fuiste especial por ser tan tierna y cariñosa
tu magia, nada tenía que ver con tu cuerpo;
pero fuiste mi vida, porque al marcharte me dejaste muerto
y sigo en pie por tu recuerdo, pues puedo verte en cada cosa…

No te ame por lo que todos te deseaban
me demostraste ser diferente al resto;
lo fuiste todo porque me amaste, y si ahora te escribo esto,
es para demostrarte como tu presencia me inspiraba…

No me iluminabas por el brillo de tus ojos, ni de tu cabello,
mi felicidad no se debía a tu voz tan dulce y sincera;
con cada aliento, cada suspiro, me hacías sentir lo mas bello,
no sé porque me elegiste, si pudiste tener a cualquiera

Eras perfecta por tu nobleza, tu sencillez y tu honestidad
fuiste especial porque cada acto, lo realizabas con amor
fuiste mi vida y mucho más, y al no tenerte siento dolor;
pero me queda el mejor recuerdo, saber que nos amamos en verdad

Por tu recuerdo, seguí en pie, pude crecer y volver a reír;
por tu recuerdo aprendí a ser feliz, apartar la angustia y dejar de sufrir.

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Desapego- El acceso ascendente

Entrena tu

desapego

 

Primero, antes de comenzar con este entrenamiento de desapego, es fundamental
que entiendan que nada de lo que tienen les pertenece; que
no son nada de lo que creen ser; que cualquier idea que tengan
sobre ustedes es incorrecta; que no necesitan a nadie para ser feliz.

 

Aferrarse a los objetos o a las personas es un acto de auto-esclavitud.
Depender de algo, ya sea material o intangible, es un gran
error que nos ata a la densidad y nos lleva al sufrimiento.
Ponerse títulos, creerse de determinada manera, colocarse en
cualquier pedestal fijo, también son errores comunes. Si bien son
cosas que obedecen al ego y hasta cierto nivel evolutivo es necesario,

lo cierto es que nos convierte en seres vulnerables y nos encasilla en
una posición estática, siendo seres libres y, por lo tanto, dinámicos.
Para entrenar el desapego, los ejercicios son sumamente sencillos,
pero es posible que les cueste horrores realizarlos. Esto se debe a que
deberán aprender a desapegarse, desapegándose progresivamente.

Justamente el desapego requiere un adiestramiento en forma de hábito.
No hay demasiado truco, esto no es ningún secreto. Lo primero
que tienen que hacer, si quieren comenzar a ser libres, es ir a su
armario, seleccionar ropa que no usan frecuentemente, colocarla en
una bolsa y donarla. Es un ejercicio que deberán repetir, a medida
que vayan adquiriendo ropa nueva. Dejar ir aquello que no necesitamos
es la clave fundamental de estos ejercicios. De más está decir
que, al liberarse de cosas materiales, también estamos ayudando a
personas que necesitan aquello que a nosotros nos sobra y que, sin
darnos cuenta, nos hace daño (puesto que nos hace esclavos).
Este ejercicio se puede realizar con cualquier objeto material y
“sin vida” que pase por su cabeza, desde juguetes, hasta muebles;
todo lo que no nos sirva, nos obstruye y puede servirle a alguien
más. Si todos en el mundo aplicaran este concepto, créanme, no
existiría la indigencia involuntaria.

comienza a ser libre

El otro ejercicio, apunto a lo inmaterial, tal vez sea el más difícil
de aplicar; puesto que nos encerramos en la idea de que otras personas
son necesarias en nuestra vida.
Entonces, voy a ser claro.
Si no te agrada tu trabajo, comienza a buscar otro que se adapte
más a tus gustos y necesidades.
Si no te hayas en tu familia, comienza a juntar recursos y toma  algo de distancia.
Si te sientes aferrado a una persona que te hace daño, toma distancia,
lentamente. Graba en tu mente la idea de que tu vida existía
antes de ella y que seguirá existiendo después. Concurre a lugares en
donde puedas conocer otras personas fácilmente, tal como gimnasios,
bares, iglesias, institutos (de acuerdo a tu personalidad). No te
aísles, no te encierres. Sufrir solo hace que sufras más. Demasiadas
lágrimas no calman el dolor, lo intensifican, porque el impacto negativo de una impresión es momentáneo; aunque uno lo extienda absurdamente en el tiempo.
Por último, debes criticarte y dejar que te critiquen. No eres perfecto,
no eres superior a nadie. Muestra tus defectos, pues son una
belleza. Deja de esconderte bajo las apariencias, no es necesario que
mientas. No hay nada más puro que la verdad y nada más perfecto
que la realidad. Lo que no te agrade siempre podrás convertirlo en
tu mayor fortaleza, aplicando la ley de los opuestos.
Anota en una hoja lo que no te agrade de ti. No dejes nada afuera.
Luego conversa con una amistad, alguien de confianza, y comparte
lo escrito. Deja que te diga en qué tienes razón, en qué cree
que no y qué cosas agregaría a tu lista. Luego, busca una amistad
más lejana, y haz lo mismo, así hasta realizarlo con desconocidos.
Cuando alguien marque un defecto tuyo, ríete, asiente y entonces,
el defecto desaparecerá.
¿Acaso no se trata de esto la magia?

 

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Ámame si puedes-Quemando etapas

Ámame si puedes- Quemando etapas

Quemando etapas- Cap I

Portada quemando etapas

Quemando etapas

Nueve meses pasaron desde que ella y yo volvimos a convivir. Estoy escribiendo esto como si fuese un diario, parte presente de mi vida. De todas maneras, les recuerdo, nueve meses pasaron y fuimos quemando etapas. Me gustaría resumirles las cosas sucedidas en ese período, pero antes, debo decirles que no estamos en nuestro mejor momento. Mejor dicho, directamente no estamos.

Intentamos volver a empezar y creo que lo logramos, claro está, solo en cierto punto. Los primeros días fueron como una luna de miel, donde los hechos oscuros sucedidos en la brevedad del pasado, eran más olvido que recuerdo. Todo parecía ir muy bien: las cosas en mi trabajo mejoraron, ella consiguió un empleo mejor que cualquiera de los que había tenido antes, nuestro amor parecía haber borrado todas las manchas que se nos habían generado en el alma y el corazón. Todo simulaba marchar a nuestro favor, pero solo simulaba. En mi interior, aún quedaba un absurdo resentimiento que, si bien no mostraba, tampoco podía eliminar; del interior de Gisel, brotaba un miedo que yo podía oler y que, aseguro, antes no existía. Ambos ocultamos y obviamos esas negritudes lo mejor que pudimos, el mayor tiempo que nos fue posible. Lo hicimos bien, sostuvimos una mentira por varias semanas, siete u ocho, quizás. Pero así no se puede vivir, mucho menos amar. Nuestra unión ya no era inmarcesible, se había tornado muy susceptible, carente de toda coraza.

Poco a poco, los vestigios de sentimientos machacados que manteníamos en silencio se fueron revelando; poco a poco y quizá sin darnos cuenta, nos declaramos mutuamente una guerra fría sentimental que nos fue quemando por dentro. Supongo que nada de lo que hicimos fue malintencionado, yo seguía priorizando su felicidad ante la mía y creo que ella también lo hacía. El problema fue que necesitábamos descomprimir todo eso que, insulsamente, contuvimos para tratar de no herirnos y, en consecuencia, nos herimos doblemente. Reclamos, discusiones, peleas sin sentido; silencios, vacíos; reconciliaciones. Cíclicamente nos fuimos desgastando, absorbiendo energía del amor y polarizándola en su opuesto: el miedo.

Así pasamos el resto de los días y de las noches, destruyéndonos y reinventándonos; así sobrevivimos hasta anoche. Yo no lo soporté más y le pedí que se vaya. Tuvimos una pelea intensa, donde dijimos cosas que no sentíamos; palabras letales, que nos tocaron el corazón y lo quebrajaron. Hablo por ambos porque somos lo mismo. No se olviden que, a pesar de todo, ella es la elegida y que todos mis sentimientos y pensamientos son extrapolables a ella y viceversa.

No quiero comentarles demasiados detalles del infierno que se desató ayer, exactamente en este cuarto, en donde ahora estoy escribiendo; creo que no estoy listo para reproducir, sin quebrantarme, esos hechos. Lo cierto, es que ahora me encuentro sumido en la soledad más absoluta y no puedo dejar de pensar en ella. ¿Era necesario que todo esto transcurra de esa manera? ¿No se le puede ganar a la densidad en esta vida? ¿No puede uno ser feliz y estar en calma por siempre? Si bien son todas preguntas retóricas, necesito planteármelas y reflexionar. Siento un vacío interno insufrible, una angustia indomable, una repulsión hacia mí y hacia el resto del universo que me resulta inexplicable. Hoy no tengo fe, ni esperanzas, me siento vencido por la tragedia de mi existencia, no lo soporto…

Acaban de llamarme del hospital nacional, el más grande del país, situado acá en la capital. Acaban de informarme que Gisel tuvo un accidente y está inconsciente.

La verdad es que hace dos días, ni bien me llamaron, salí corriendo desconsolado y sin razonamientos, hacia el hospital. Tenía pensado escribir los hechos en presente, pero parece que no voy a poder hacerlo.

Continuando entonces, me llamaron, salí corriendo, llegué corriendo, entré corriendo y desesperado; averigüé en qué sala se encontraba y me metí sin pedir permiso. La vi entubada, sin reacción, repleta de vendajes y heridas superficiales; me acerqué temeroso para darle un abrazo y llorar sobre su pecho, exclamando lamentos culposos y descargando sentimientos inexpresables, pero dos enfermeros, o doctores, o lo que hayan sido, me detuvieron y me sacaron de la sala. Trataron calmarme, pero sin resultado. Entonces, sentí un pinchazo en mi cuello, sobre el lado izquierdo, y perdí fortaleza; tanto que me desvanecí. Desperté en una camilla, atado de pies y manos, aunque ya estaba un poco más tranquilo. Una mujer, que estaba a mi lado, llamó a los dos hombres que me habían reducido y, entre los tres, me comentaron lo sucedido. Trataban de que no me exalte diciendo cosas absurdas como: “ella va a estar bien”, “seguramente se va a recuperar”, “está controlada”. ¡Insensatos! No imaginaron nunca que por dentro mi corazón ardía en sentimientos penosos y furiosos a la vez; que me sentía el ser más despreciable por haberla dejado marchar, a pesar de amarla, y que me sentía terriblemente culpable de lo que había ocurrido. No pudieron contemplar, siquiera, la idea de que ella era todo en mi vida; y no los culpo, pues yo tampoco pude contemplarlo la noche que, básicamente, la eché de mi vida.

Pedí ahora ir a verla y, luego de unos minutos de debate, accedieron. Entré al cuarto y me arrodillé a su lado, lagrimeando y maldiciéndome, mientras hacía peticiones insulsas a un ser superior, para mí inexistente. Después de unos minutos, con ayuda de los enfermeros/doctores, pude reaccionar; entonces, tomé su mano y le dije, aunque no me escuchara, que me perdone, que había sido un imbécil, que la amaba con cada célula de mi cuerpo y que sin ella no podría seguir. Estuve unos minutos contemplando su inactividad, concentrando energía y plegarias ahora en el Universo. Estuve el tiempo que pude, hasta que me sacaron. Decidí volver a casa a descansar, para prepararme e ir de nuevo.

Acá me encuentro ahora, listo para instalarme a su lado hasta que se recupere. Pedí licencia en el trabajo, aunque posiblemente me echen antes de que pueda regresar. No quiero ponerme a reflexionar en cuestiones de vida y muerte, caminos y destinos. No me siento en condiciones de hablar de nada. Esto se ha vuelto un diario personal para mí, en donde puedo volcar mis emociones y descargar mis sentimientos.

Ahora, estando a su lado, recordé otro de los textos del libro. Sabía que el relato que iba a leer fracturaría mi aparente fortaleza, aun así, en un intento suicida, quise leerlo. El mismo se titulaba “Triste agonía esta espera” y decía lo siguiente:

Ansío ver el brillo del sol nuevamente, reflejado en tus tiernos ojos; y sentir la fina sinfonía de tu voz angelical. Ansío sentir el calor que solo tus brazos pueden ofrecerme; y tener certeza de que todo vuelve a ser real.

Triste agonía, hoy me invade y me carcome, apenas respiras y no sé si volverás. Mi angustia crece, junto al ritmo de este tiempo, que me susurra lentamente que te irás.

No hay esperanzas, dicen todos en la sala; es muy difícil que lo puedas superar. ¿Por qué no callan? No entienden que me muero, que no hay más nada si ya no quieres despertar.

No te rindas, te suplico, aunque no puedas escuchar; te necesito más que a nadie en este mundo. No me abandones, no lo puedo soportar; sin ti, mi vida se derrumba en un segundo.

Y pensar que peleamos la última vez que nos vimos; y pensar que dije “vete”, en vez de decir “te quiero”. Me siento un ente que ha borrado su camino; no te rindas, querida mía, aquí te espero.

Me estoy quemando por dentro; necesito verte pronto, no aguanto más tu silencio.”

Y así fue, comencé a llorar desconsoladamente mientras tomaba su mano, tanto que llamé la atención de todos los presentes y los de las salas contiguas. Todos intentaron darme consuelo, pero nadie pudo hacerlo. Mi mente estaba estancada en una idea de pena, levemente esperanzada; esperanza que se desvanecía con cada segundo que pasaba sin que ella reaccionase.

Y así, pasé tres semanas más, instalado en el hospital, viviendo allí, a su lado. Nadie en su familia apareció, a pesar de los numerosos intentos que hicimos de contactarlos. El resto de mi vida había perdido el sentido, solo me quedaba esperar que ella regrese o marcharme con ella.

Tres semanas pasaron, hasta el día en que abrió sus ojos débilmente.

  • ¡Mi vida! ¿Cómo estás?

Su mirada desorientada y perdida se clavó en la mía, y su silencio fue la tecla que activó mi desesperación más profunda.

De pronto, comencé a llamar a los médicos, un poco a los gritos quizás, a lo cual acudieron de inmediato.

  • ¡Despertó! ¡Despertó!

Me pidieron que me retire, pero me negué a hacerlo. Me lo repitieron amablemente (a estas alturas ya nos habíamos hecho amigos), excusando que debían realizarle estudios para analizar los daños, principalmente cerebrales, que pudiese tener. Accedí disconforme a esperar fuera de la sala y, mientras me retiraba, mi mirada y la de Gisel seguían conectadas. Le dije que la vería de inmediato, que regresaría pronto, pero ella no tuvo ninguna especie de respuesta ante mis palabras.

Entonces, dos horas me torturaron, evitándome el paso. Aseguro que no podían entender que la mezcla de felicidad con ansiedad y angustia que tenía me estaba haciendo mucho daño interno; aseguro que no sabían que mi mente estaba a punto de colisionar, por la combinación de emociones incongruentes que me azotaban con potencia elevada. Aseguro que no lo sabían, porque me desvanecí junto a la puerta y perdí la consciencia por ocho indescriptibles horas –Al menos eso es lo que me dijeron-.

Al despertar, un poco desorientado, lo primero que hice inconscientemente fue girar mi cuello hacia la derecha, en donde, por fortuna mía, Gisel se encontraba mirándome. Supongo que fue gentileza de los médicos, el darme ese lugar privilegiado.  Lo siguiente fue intentar comunicarme con ella, una vez más.

  • Hola, mi vida, ¿cómo te sentís?
  • Mareada. Bien.
  • Te pido mil perdones por aquella discusión que tuvimos aquel día, en donde te fuiste. No dudes que te amo y que si te pasaba algo, yo me iba con vos.
  • No recuerdo. No quiero hablar. Solo mirarte.

Entonces, decidí silenciarme ante sus forzosas respuestas entrecortadas y, mirándola fijamente, le sonreí; a lo cual, ella me devolvió la sonrisa, mientras sus pupilas se dilataban y brillaban con gran intensidad.

Cuando los doctores llegaron, al cabo de unos minutos, yo me levanté, les agradecí y les pregunté por la situación de Gisel. Me sacaron de la sala para pasarme el parte: su situación era estable, le iba a llevar mucho tiempo recuperarse, pero iba a estar bien. Me comentaron que debía estar en observación al menos una semana, para asegurarse que no se habían alterado condiciones en ningún sector de su cerebro. Estuve de acuerdo. Luego volví a entrar y retorné al cruce de miradas con mi querido amor, de esa manera continuamos hasta dormirnos, casi al unísono.

La semana pasó, repitiendo esta rutina cada día. Ella se negaba a hablar conmigo y yo la consentía, aunque con los médicos hablaba fluidamente, casi a la perfección.

La noche del octavo día, luego del retorno consciente de mi amada, la directora del hospital se acerca a la sala y me comunica que iban a darle el alta a la mañana siguiente. Mi felicidad fue insuperable, el latido efervescente de mis latidos fueron quemando con más fluidez el oxigeno que circulaba en mis venas. Me dijo también, que necesitaría unas semanas de reposo y cuidados, pero que yo podía dárselos sin problemas fuera del hospital. Finalizó la conversación advirtiéndome que cualquier discordancia mental que pueda surgir, la comunique de inmediato, puesto que, a pesar de no haber encontrado nada en los estudios, el golpe había sido fuerte y no siempre se detectan los daños colaterales. Asentí, aunque no presté demasiada atención, mi entusiasmo por volver con mi elegida a nuestra casa era incalculable.

Esa noche pasó y, a la mañana siguiente, Gisel y yo volveríamos a nuestro hogar.

Si bien, no pasó mucho tiempo físico entre el momento en que ella y yo nos declaramos amor eterno y este instante, la carga emotiva-sentimental que sufrimos y disfrutamos fue de lo más intensa. Si bien, pasaron muchas cosas malas y buenas, hoy lo importante es que ella está viva y en pos de su plena recuperación. Hoy en día, el resto de los detalles de nuestra vida, resultan insignificantes, pasando a un tercer plano. Más adelante, se definirá nuestro futuro, ahora importa el presente. Lo único positivo que saco de lo sucedido, es que abrí los ojos y comprendí que, a pesar de cualquier aspecto, sin ella no puedo vivir.

Quemando etapas – Capítulo 1- Ámame si puedes. Segunda parte de la novela Ámame si quieres

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Conozco bien

Historia poética

Conozco bien

Nunca voy a presionarla, comprendo cuáles son las bases de sus dudas y las causas de sus caprichos. Conozco bien lo que se siente ver derrumbarse tu mundo y quedar colgado, casi flotando, en un hilo de esperanzas difusas.

¿Cómo voy a juzgarla? Sí sus ojos tristes me piden perdón cada vez que se enfada o me rechaza; si sus labios luchan terriblemente para arquearse hacia arriba, cuando una angustia fatigante tira de sus extremos hacia el suelo.

Conozco a flor de piel el sentimiento de miseria que se apodera de tu mente cuando se mira hacia adelante anhelando en cada paso aquello que ha quedado sepultado en el pasado. Sé cómo se siente acumular las cargas, guardar las lágrimas, comprimir las penas; y dejar que todo explote cada tanto, cuando se encuentra uno frente a la soledad más amarga.
No pretendo que ella me quiera como me gustaría, ni espero que se comporte de alguna manera en particular; aunque sí que deseo verla brillar y pienso acompañarla hasta que lo logre.
Estoy seguro de que el sol va a volver a salir en su corazón y, aunque emparchado, va a relucir de nuevo su alma.

¿Por qué voy a juzgarla? Sí cuando tu vida se desflagra, el camino más sencillo es la rendición; y ella eligió seguir luchando, avanzando a los tropiezos, pero siempre intentando estar mejor. Entiendo de momentos horrorosos, de cicatrices imborrables y de daños permanentes. He vivido el sentimiento de nadar a contracorriente, aún cuando parte de tu mente quiere detenerse y abandonar.

La quiero libre y feliz

Sé lo cruel que puede ser la existencia, cargando penas lastimosas en nuestro interior. Entonces, ¿Cómo no voy a estar para tenderle una mano y darle un abrazo? ¿Cómo no regalarle mis oídos para que descargue y mis hombros para que no termine de desmoronarse? ¿Cómo no voy a quererla con más intensidad en sus momentos más caóticos? Yo no necesito ser la luz de sus ojos, ni el motivo de sus sonrisas; lo único que necesito de ella es que vuelva a confiar en que no está perdida su felicidad. Ella va a salir de esta crisis existencial y va a tener diez momentos de alegría por cada uno de tristeza que ha tenido que aguantar.

¿Qué puedo pedirle? Sí entiendo que hace lo que puede y eso, el intento de avanzar a pesar de los golpes, ya es demasiado. La acepto y la quiero tal como es, con sus heridas al descubierto y sus alternancias emocionales. No hay nada más perfecto que aquello que es honesto, que se figura sin caretas ni empapelados, que aquello que se asume imperfecto. Me gusta que sea real, que reviente de bronca cuando algo le molesta y que muera a carcajadas cuando algo le hace mucha gracia. No pretendo cambiar nada en su comportamiento y mucho menos en su personalidad; solo intento reducir las causas que le hacen daño, aumentando los motivos que le ayuden a sonreír. Esa es la misión que me he propuesto y no voy a detenerme, siempre respetando su voluntad y libertad, hasta que esté cumplida.

 

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Tu Partida

ASÍ ME DEJÓ TU PARTIDA

partida

Recuerdos desfragmentados vagando en mi mente;
inertes mis pensamientos se desorientan;
retazos de sueños que intentan recomponerse;
varado en la incertidumbre de mi pasado.
Así, sin poder afirmar ni negar mi existencia;
con una demencia inconclusa que me amenaza;
partida quedó mi coraza, manchada mi esencia;
perdido en la oscuridad de lo arrebatado.

En mares de desconfianza, quedé navegando;
a la deriva mis emociones buscan consuelo;
hay un recelo oculto que sigue aflorando;
tendido más abajo que el suelo, estoy arruinado.

Así me dejó tu silencio, cometa de tu partida,
mitigadas mis ilusiones con tu gélida despedida;
amarrada a tu ausencia quedó mi vida,
dejaste las más tristes huellas, vacío y miles de heridas.

Ocasos que ya no se ponen con tanta belleza
y aromas que ya no se sienten tan agradables;
deplorables se tornaron las canciones más asombrosas,
desastrosas todas mis noches sin tu nobleza.

Sonrisas que ya no impulsan felicidades,
males que, siendo menores, se vuelven letales;
fatales quedaron mis días, mortales mis agonías,
ya no encuentro motivos, carezco de tu alegría.

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Sin embargo elijo verte reír

SIN EMBARGO ELIJO VERTE REÍR

reír

Sin embargo, acá estoy, pensando en vos;
y las estrellas se desintegran, trazando tu rostro.
La soledad ya no desespera, pero algo mi ser aún te espera;
quisiera volver a ser a uno, unidos los dos.

Y a pesar de que te solté, te estoy reclamando,
porque mi alma se desorienta si no estás conmigo;
el fuego ya no me quema, el frío no me congela,
las velas de nuestro destino, están titilando.

Aunque perdí el privilegio de despertar y verte reír,
por más que ya no me blanda tu asombrosa mirada;
mi mente te busca extasiada, casi diría exaltada,
es que a mis labios le faltan los tuyos para poder sonreír.

Sé que fui yo quien liberó tu mano, pero ahora te extraño;
y cada sector animado en mi interior te necesita.
Mi corazón, si escucha tu nombre, más fuerte palpita;
Jamás comprendí que sin vos la vida hace daño.

Sin embargo, acá me encuentro, anhelando tu esencia;
recordando lo feliz que me hacía tenerte en mis brazos;
añorando que, aunque se rompió, se una otra vez nuestro lazo;
te pido perdón por este fracaso, mi amor aún sigue en vigencia.

Tengo calma porque ahora volás en libertad,
comprendí que debías experimentar algo nuevo;
entendí que no podía ser el único afortunado en el juego,
lo que realmente quiero es que encuentres felicidad.

Puede que te haya perdido;
sin embargo, elijo verte reír.

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Contigo en tiempo y espacio

CONTIGO EN TIEMPO Y ESPACIO

Contigo

Excéntrica utopía jamás imaginada,
fue el verte llegar con tal delicadeza;
mis labios quedaron sellados ante el furor de tu belleza,
mi mente surcó el infinito al detectar tu excelsa mirada.

Cuan placentero fue coincidir contigo en tiempo y espacio;
tu voz fue melodía armónica para mis oídos;
al acercarte lograste que entren en sintonía nuestros latidos;
mi corazón se aceleró junto al tuyo, nuestros almas se unieron despacio.

Tu piel tan suave y audaz quemó mi piel al rozarla;
y a medida que nuestros alientos se fundían;
noté como nuestros pesares cedían,
mi boca se alió a la tuya y ya no quiso soltarla.

Que grandeza de la existencia ha sido para mí ese momento;
jamás voy a olvidar todo el amor que compartimos;
nos dimos felicidad y después nos despedimos,
ahora somos libres de nuevo y nos es ajeno el sufrimiento.

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Ámame si quieres- Una compañía agradable

CAPÍTULO IX: Una compañía agradable

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CAPÍTULO IX: Una compañía agradable

Mariano Scavo - Amame si quieres TAPAS

– ¿Cómo anda mi estimado, después de tanto tiempo?
– ¡El libro que me dejaste es el mejor que leí en mi vida!
¡Gracias! Ando muy bien como puede ver, ¿y usted? ¿Qué la trae
por la capital?
–Sabía que iba a gustarle puesto que a mí me cambió la vida.
Ando muy bien también, renuncié a mi empelo y conseguí uno
mejor. Ahora hago gestiones de contaduría en varios lugares del
país, y bueno, hasta vos me trajo el destino, por lo visto.
Yo sonreí y me sonrojé un poco, sintiendo que Gisel me
acababa de decir un piropo.
–Es un placer volver a verte, sin lugar a dudas. ¿Cómo va tu
relación?
–El placer es mío, definitivamente. Nos va muy bien, tenemos
pensado casarnos el año entrante.
– ¿En serio? ¡Me alegro mucho por eso!
– Sí, no estoy muy segura, pero ya llevamos varios años juntos.
¿Y vos? ¿Anda alguien por ese corazoncito?
Yo me sonrojé de nuevo, parece que ella tenía ahora un
facilidad increíble para generarme ese buen sentimiento.
–No, nadie. ¿Vas a quedarte mucho tiempo? Me gustaría que
nos juntemos para hablar.
– Una semana, supongo. Va a ser un placer mi estimado. ¿Esta
noche le parece?
–Esta noche será, en donde yo me hospedo.
Gisel me dio entonces la tarjeta de un hotel, me dijo que allí se
hospedaría y que me esperaba a las 20:00 horas para que la pase
a buscar. Le dije que sí y con un abrazo similar al del
reencuentro, la despedí. Cuando me quise dar cuenta, había
varios extranjeros haciendo cola en la puerta de mi oficina, un
poco enfadados por mi demora, pero ese es un tema aburrido
con el cual no pienso agobiarlos.
El tiempo pasó, mi turno terminó, regresé a mi casa, me cambié
con ropa medianamente informal, apenas si me perfumé y fui a
buscar a mi amiga a su hotel. Tardé unos quince minutos en
llegar, ella estaba en la escalera de recepción, sentada, supongo
que esperando mi llegada. Tampoco estaba muy arreglada, lo
común supongo; a mi entender así se veía más linda porque
representaba la belleza de su simpleza. Me vio y sonrió, se paró
y volvió a abrazarme. “Vamos”, me dijo, y tomó mi brazo
izquierdo para llevarme afuera.
– ¿Vamos a mi casa?
– ¡No! Llevame a recorrer un poco la ciudad, de paso comemos
en algún lugar al aire libre. La noche está hermosa, ¿no te
parece?
–Me parece una excelente idea. Tengo el lugar ideal para cenar.
–Que no sea un restaurante por favor, comida rápida, algo
simple.
–Mmm, está bien, ahora sí tengo el lugar.
– ¡Ese me gusta!
–Si no sabés en cuál estoy pensando.
–No importa, seguramente me gustará.
–Eso no lo dudo.
Fuimos caminando, quedaba a unas tres cuadras de su hotel. El
lugar se llamaba “La casa de la márgara”, en donde servían unas
hamburguesas gigantes repletas de condimentos y verduras
salteadas, que llevaba el mismo nombre del lugar, puesto que
era esa la comida especial de la casa, a la cual le debía la mayor
parte de su clientela.
Nos sentamos en una mesa afuera, debajo de una palmera y
pedimos dos márgaras con el combo de gaseosa y papas fritas.
La noche estaba impecablemente estrellada, la luna en cuarto
creciente, la temperatura rondaría los veinte grados centígrados
y la brisa que corría era agradablemente refrescante. Todo
parecía soñado, pensé que me faltaba solamente la mujer ideal a
mi lado para que ese momento sea perfecto, pero la realidad es
que si todo salía a la perfección, no lo hubiese disfrutado tanto
como lo hice con Gisel.
Me gustaría comentarles primero la serie de eventos
desafortunados que pasaron en la noche, luego recordaré lo que
hablamos, pero lo primero fue mucho más emocionante que lo
segundo.
En primer lugar, el mozo intentó seducir a Gisel, la cual,
irónicamente, lo dejó avergonzado; seguido a eso, pateé sin
querer una de las patas de la mesa, haciendo que todo lo que
estaba encima se cayera (por suerte la comida aún no había
llegado); luego al morder la gigantesca hamburguesa y por falta
de experiencia, mi compañera desparramó las verduras por toda
la mesa. Reímos mucho, pues los desastres se iban sumando y no
nos importaba. Lo próximo fue el viento que se levantó de la
misma nada y comenzó a soplar más fuerte, mucho más fuerte,
tanto que tuvimos que irnos sin haber terminado las papas. Por
último, mientras recordábamos nuestra seguidilla de desgracias
a carcajadas al caminar por la acera central de la ciudad, una
enorme cantidad de agua cae desde lo alto directamente hacia
nuestras cabezas; no era raro que los niños hicieran bromas
pesadas de ese estilo desde lo alto de los edificios. Yo me molesté
un poco, pero ella se reía con más fuerza, entonces, logró
contagiarme. Le propuse acompañarla al hotel para que se
cambiara y luego iríamos al mío para hacer lo mismo.
Ahora, antes de seguir, debo retroceder y narrarles lo que
hablamos mientras comíamos.
La conversación la inicié yo, contándole todo lo sucedido desde
el momento en que no la volví a ver, hasta nuestro reencuentro.
La diferencia con las otras veces que reviví mis pasos, fue que a
ella le conté todo, exactamente con lujo y detalle como ustedes lo
conocen. Era extraño, pero confiaba más en ella que en nadie.
Como les dije, supongo que era la comodidad que me generaba elsentir que con ella no podía pasar nada más que una amistad,
que ella no era la ideal.
Luego, entre todos los sucesos que ya conocen, tuvimos una
conversación más o menos así:
–Veo que no la estuvo pasando nada mal, estimado.
–Digamos que no puedo quejarme… aunque no me siento del
todo feliz.
–Lo que me cuenta parece ser lo que cualquier hombre desearía
que le pase.
–Sí, supongo. No digo que no la pasé bien, viví en estos días
momentos excelentes y, más allá de las cosas negativas que tuve
que sufrir, el balance es positivo.
– ¿Entonces?
–Creo que me siento vacío, bastante más que cuando Miranda
estaba a mi lado. Estoy empezando a dudar de que esa persona
que espero vaya a llegar.
–No se rinda, amigo mío, todo llega a su tiempo.
–Veo que leyó todo el libro y sus enseñanzas. –Dije riendo.
–Sí, eso es cierto. ¿Usted ya lo leyó por completo?
–No, la verdad que no; pero todo lo que leí, o al menos en su
mayoría, me pareció excelente.
–Ese libro esconde grandes enseñanzas, no las desaproveche.
–De eso no me cabe duda. Cambiando de tema, Cuénteme
sobre su nuevo trabajo.
–Es un buen empleo, viajo mucho, conozco lugares, me despejo.
Es un trabajo que consiguió mi novio para mí. A veces no lo veo
por días, pero eso no me afecta demasiado, supongo que le hace
bien a nuestra relación. Tuve que renunciar en aquel lugar en
donde nos conocimos por el motivo que ya debe usted
imaginarse. No tengo mucho más, entrar en detalles sería
aburrido y monótono.
–Sí, no hace falta que diga más, ya me la imagino a Lucía
gritando como loca.
–Eso que se imagina, multiplíquelo por cuatro.
–Oh, suena interesante. Tengo una idea, ¿quiere que le haga un
test que inventé?
–Amo los test, ¡comience, comience!
–Primero las reglas. Tiene que responder a todas las preguntas
de alguna manera. No puede preguntar, salvo que el test lo exija.
Todo lo que diga puede ser usado en su contra. Por último, cada
tantas respuestas que me dé, le daré una devolución de cómo me
parece que es su personalidad. Si bien es un test para hacerle a
personas que no se conocen, supongo que a usted aún no la
conozco demasiado.
–¡Entendido, entendido!
–Empecemos entonces. ¿Día o noche? ¿Blanco o negro? ¿Luz u
oscuridad?
–Día, blanco, luz.
–Ajam. ¿Calor o frío?, ¿viento o calma?, ¿cielo o tierra?
–Calor, calma, cielo.
– ¿Dulce o salado?, ¿mar o río?
–Dulce, Río.
–¿Fuma?, ¿toma Alcohol?, ¿consume alguna sustancia
alucinógena?
Gisel se rió mucho al escuchar esto último.
–No, estimado, nada de eso.
–Ajam.¿Color preferido?, ¿animal preferido?, ¿deporte
preferido?
–El rosa y el blanco, la mantis, el básquet, sin dudas.
– ¿La mantis? ¿Practica básquet o solo le gusta?
–Sí, sí, tengo mis motivos. Lo practicaba hasta que me fui a vivir
con mi novio.
–Está bien, la última de la primer parte del test. ¿Prefiere un
beso de una persona especial o mil besos de cualquiera?
–Es una pregunta de respuesta obvia, estimado mío, prefiero un
beso de una persona especial y que sea largo, en la medida de lo
posible, y que esté acompañado de un fuerte abrazo.
–Nada es obvio cuando se trata de la mente, mi estimada. Bien,
supongo que ahora me toca darle mi devolución.
–La espero con ansias.
–Si bien fueron pocas las respuestas que me generaron sorpresa,
tengo que aceptar que no deja de ser usted una persona
interesante. Lo que puedo descifrar es la extrema bondad que
habita en su corazón, la sinceridad de sus palabras, la honestidad
de su persona. Creo que es usted incapaz de ser infiel, de
traicionar, de engañar. Creo que tiene algunos sueños que se están
marchitando, aunque trata de no pensar en ello a diario para no
amargarse. Me parece que es una chica luchadora, que no se rinde
con facilidad y que siempre busca el bienestar de las personas que
quiere. Por último, creo que no ama a su novio pero tiene miedo
de dejarlo, porque lo quiere y se siente cómoda a su lado.
Gisel se quedó en silencio un tiempo estimado de un minuto,
luego me miró y me dijo: Tengo que admitir que todo eso es
cierto, salvo lo de mi novio. Eso no puedo confirmarlo porque
estoy confundida, pero creo que lo amo. ¿Cómo es posible quesepas todo esto con preguntas tan simples?
Le respondí que el secreto no estaba directamente en las
respuestas que me daba, que tal vez más adelante, se lo diría.
En ese momento el agua cayó del edificio y fuimos a su hotel
para que se cambiara. La esperé afuera, sorprendentemente no
tardó más de diez minutos. Luego fuimos a mi casa y la invité a
pasar. Una vez adentro le dije que se pusiera cómoda mientras
yo buscaba ropa seca, pero ella prefirió quedarse parada al lado
de la puerta. Cuando salí del baño, le pregunté qué le pasaba, y
me dijo riendo, aunque con un tono irónico que no quería
convertirse en otra de mis víctimas. Yo me reí en respuesta a su
comentario y le aclaré que no quería nada con ella, si bien,
tampoco quería nada con las otras en un primer momento. La
realidad es que le aclaré que quería que fuésemos amigos y nada
más, como lo estábamos siendo hasta el momento, entonces, ella
se relajó y se sentó en el living.
Le pregunté qué quería hacer, le propuse volver a salir e ir al
parque; pero me dijo que prefería quedarse y tal vez mirar
alguna película, porque estaba cansada. Me pareció buena idea.
Preparé el televisor que se encontraba junto al sillón en donde
nos situaríamos, sobre la mesa ratona coloqué unos maníes por si
nos daba hambre, estaba en el proceso de selección de películas
cuando ella me detuvo. Me dijo que le pasara el libro y me
preguntó si había leído el texto: “Lo más difícil de expresar”, a lo
que le respondí que no. Me dijo que era su preferido y comenzó
a leer con un tono de extremo placer para mis oídos:
“Yo te conozco de otra vida, es algo que no puedo dudar; de
otra manera no podría explicar cómo se cohesionan nuestras
miradas al cruzarse; no podría encontrar la causa de por qué me
llenas el alma al sonreír; no podría entender el motivo de que te
pueda sentir, a pesar de tenerte lejos; sos algo así como un espejo
de mis más profundas emociones; lográs alimentar ilusiones que
ya creía apagadas; tal vez en mi vida pasada, realmente te conocí
y fuiste tan importante para mí que inconscientemente te he
llamado, para que te acerques de nuevo a mi lado y así retornar
el camino, aquel que ayer transitamos, de comienzo a fin, de
plenitud a vacío.
La conexión que siento al pensarte, no tiene para mí precedente;
creo que puedo entrar en tu mente, tan fácil como entro en la mía;
mi vida ya no es tan fría, desde que tu grata presencia me abriga;
tal vez no recuerde la despedida, pero tengo certeza de que he
visto antes esos gestos estimulantes, que tus labios dibujan con
cada sonrisa, haciendo placentero lo irritante.
Tal vez seas mi otra mitad, esa que uno tanto anhela encontrar,
pero que solo al despertar se consigue, porque mi corazón ahora
sigue cada una de tus señales, mis sueños son tan reales, que a
veces en ellos te abrazo y mi cuerpo siente ese lazo como si fuese
la realidad. Me transmitís esa paz profunda, como nadie más
puede hacerlo, aún no puedo creerlo, pero lo tengo que aceptar,
con vos puedo disfrutar de todo lo que me da alegría, mi agonía
ya no existe desde que te vi por primera vez, a través de tus ojos
puedo ver mi propio reflejo, lo siento, lo más sencillo es lo más
complejo de expresar.”
Cuando terminó, la miré fijamente y comencé a aplaudir. Quise
decirle que me había encantado, pero no dije nada, supongo que
con el aplauso bastaba.
Procedí entonces a poner la película, era una de terror muy
mala, pero ninguno de los dos la conocía hasta ese momento. Nos
reímos más de lo que nos asustamos, porque definitivamente los
bajos recursos y la horrible producción la hacían parecer una
parodia, más que un film de tan excelente género. La película se
fue junto al maní, que por cierto, estaba muy bueno, y luego Gisel
dijo que era tarde, que volvería al hotel. Me negué
inmediatamente, era de madrugada y la capital era un lugar
peligroso; la dejé dormir en mi cama mientras que yo reposé en el
sillón. Antes de dormirme, hice un análisis de mi día y la verdad
que hacía rato no lo disfrutaba tanto. ¿Qué me estaba pasando con
ella? Realmente me era grata su presencia, y a pesar de no sentir
deseos de poseerla, sentía que la necesitaba cerca. Me desmayé
luego del sueño, la noche pasó y en cuestiones de segundos para
mi mente consciente Gisel me despertó con una bandeja que tenía
tostadas con mermelada y manteca, escoltando un vistoso café con
leche. Ella se había preparado el mismo menú para acompañarme,
entonces se sentó sobre mis pies en el sillón y compartimos el
desayuno. No hablamos mucho, a ninguno de los dos nos gusta
hablar recién levantados, pero de todas formas estoy seguro de que
ella disfrutó tanto de aquella calma como yo; nuestras miradas lo
decían todo.
La paz que llevábamos se vio interrumpida por una llamada que
recibió Gisel de su jefe: debía partir a realizar una tarea urgente en
Villa Del Caracol Angosto, una ciudad que quedaba a unos
setecientos kilómetros de la capital. Luego volvería a terminar los
trabajos por esta zona. Se despidió entonces y se fue prometiendo
que iba a llamarme cuando regresara para volver a juntarnos. No
llegué a decirle mucho porque juntó sus cosas y escapó a una
velocidad increíble. Me quedé pensando en ella y en lo genial que
había sido todo, después me fui a acostar a mi cama, puesto que
tenía franco ese día.
Todas las mañanas de esa semana me desperté con la sensación
de que había soñado con Gisel, aunque no recordé los sueños.
Todas las noches su imagen me invadía al cerrar los ojos antes de
dormir. No sabía qué me pasaba, solamente me afirmaba, una y
otra vez, que ella solamente le caía bien a todos mis sentidos y que
era una amiga como nunca antes la había tenido. Por momentos me
recordaba a mis primeras semanas con Miranda, aunque con Gisel
no existía ningún contacto físico. Era extraño y en ese momento me
parecía un sentimiento agradablemente desconcertante.

CAPÍTULO II——————-

CAPÍTULO III———————-

Si te pareció agradable, podés leer más acá———

Ámame si quieres- La extranjera

Ámame si quieres- Capítulo VIII: La extranjera
Mariano Scavo - Amame si quieres TAPAS
PODES LEER EL CAPÍTULO I DE LA NOVELA ÁMAME SI QUIERES ACÁ —– y seguir la historia hasta este capítulo.

Me encontraba ahora solo de nuevo, sin un lugar a donde ir,
sin empleo y con traumas de mi pasado grabados en mi piel y en
mi mente. Por suerte tenía cierto respaldo económico gracias al
trabajo de marketing realizado el último tiempo. Decidí entonces
que esa ciudad ya no tenía nada que ofrecerme y me fui hacia el
aeropuerto para buscar un nuevo destino. Siempre acompañado
de mi mochila fiel, subí a un colectivo, luego bajé y subí a otro.
Cuatro en total hasta que llegué al aeropuerto. Una vez allí, miré
en la cartelera de vuelos, analicé las cosas por un segundo y
terminé eligiendo mi próximo destino. No era un lugar que me
agradara demasiado, pero la verdad es que solo lo conocía por
comentarios y era hora de dejar de lado el prejuicio. Hice la
requisa, pasé a la sala de espera y tomé el vuelo hacia la capital
del país, Suelo Estrellado. Durante el viaje, lo único interesante
fue la azafata y no me culpen por fantasear con ella. Todos los
hombres que viajaron alguna vez en avión, en algún momento
de su vida, han tenido que lidiar en su cabeza con la fantasía
generada por los perfectos diseños de estas máquinas aéreas. El
vuelo duró dos horas y media, el descenso fue brusco pero
llegamos a salvo. Bajé del avión y llamé a un viejo amigo de la
secundaria que había formado su camino en la ciudad. Le
comenté mi situación y fue a buscarme al aeropuerto. Matías me
alojó en su casa por una semana, me mostró algunos puntos
turísticos, incluyendo boliches bailables y bares, me consiguió
trabajo en la agencia de turismo de uno de sus amigos. Como
podrán notar, yo no tenía una profesión definida y sin alimentar
mi ego hay que aceptar que fui efectivo en cada trabajo que tuve.
Le conté los hechos que me habían llevado hasta allí, pero en
ningún momento le mencioné de mis fortuitas relaciones, eso no
hubiese sido muy caballeroso de mi parte. No quiero explayar
demasiado los sucesos ocurridos esa semana, si bien me presentó
a algunas de sus amigas, no hubo noticias trascendentales para la
historia que me propuse narrar. Lo único que quiero decir es
que, como antes, en cada momento de satisfacción, siempre
volvía a mi cabeza la imagen de mi querida Miranda, también
luego de aquel horrible suceso, su sonrisa se grababa en mi
mente, solo que ahora me recordaba lo amarga que era mi
existencia. Supongo que empezaba a darme cuenta de que la
vida lujuriosa que se me estaba presentando, jamás iba a poder
contra mi vacío y que mi única salvación en esta vida, sería
cruzarme, aunque sea por un segundo, con aquello que muchos
llaman el alma gemela. Hasta ese entonces, empezaba a tener en
claro, que cada instante de felicidad sería tan breve como durara
el placer en mi cuerpo, pues mi espíritu permanecía quebrado y
mi mente inestable.
A la semana siguiente decidí alquilarme un departamento, la
convivencia con mi amigo no era sostenible por mucho tiempo
más. Me gustaba tener mis minutos de soledad y él no respetaba
eso. Decidí alejarme sonriendo, antes de que comenzaran los
conflictos.
Para que se den una idea, mi empleo ahora consistía en vender
planes de viaje y estadía a distintos lugares del país y del
mundo, como así también en ofrecerle los servicios de la
empresa a extranjeros que llegaban maravillados con la
hermosura de nuestras tierras y dispuestos a invertir muchos de
sus dólares en disfrutar de las mismas. Mi trabajo estaba situado
en una oficina central, dentro del aeropuerto principal del país.
Argentinos y argentinas, alemanes y alemanas, ingleses e
inglesas; cientos de rostros iban y venían de un lado a otro,
semana tras semana; todo era muy interesante, pero a la vez
irrelevante. Mi vida se había tornado inerte, hasta que un día
una chica asiática llegó en el vuelo quince mil trescientos doce de
la aerolínea Inter-Continental (no sé por qué motivos se grabó en
mi mente el número de aquel vuelo). Su pelo era negro, lacio y
muy largo, tanto que pasaba su cintura. Su estatura era de un
metro sesenta y cinco, aproximadamente. Pocos detalles se veían
de su cuerpo en aquel momento, puesto que su vestimenta era
sumamente reservada y elegante. Tenía zapatos con tacos altos,
de color plateado, lo recuerdo bien; una pollera larga y ajustada
de color dorado; una camisa plateada y un saco dorado, en
combinación con su pollera. Se veía realmente muy bien, pero lo
que más me llamó la atención era el brillo que irradiaban sus
blancos dientes al sonreír; un brillo que definitivamente iba más
allá de lo físico y lo material, un brillo que brotaba desde el
sector más interno de su alma y se dejaba ver con una definición
inexplicable. Miles de mujeres extranjeras habían pasado delante
de mis ojos desde que había conseguido este trabajo, pero
créanme, a pesar de que ella no era la más bonita, ni la que tenía
mejor cuerpo, fue por lejos, la mujer que más llamó mi atención,
tanto que una breve historia comenzó esa tarde.
Sé que inmediatamente notó mi interés en ella, estoy seguro de
que en aquel momento no hice ningún esfuerzo en ocultar la
satisfacción que me generó el hecho de verla llegar; le pregunté,
como generalmente hacía, qué motivos la habían llevado a
visitar el país y ¡vaya sorpresa me llevé!, hablaba español con
una perfección sorprendente.
– ¡Buen día, argentino!
– ¡Buen día señorita!
–Sí, señorita, dice bien. Lo que me trae a este hermoso país es mi
deseo de conocer ciertos lugares marcados en mi mapa.
– ¿Qué lugares desea conocer en particular? ¿Puede mostrarme
el mapa?
– ¡Ni lo piense! Nadie más que yo va a ver ese mapa.
–Entonces, ¿cómo puedo ayudarla? Necesito para eso saber a
qué sitios quiere ir.
–No se preocupe, argentino. Puedo manejarme sola. –Dijo con
una magna sonrisa que sacó a relucir sus tan maravillosos dientes.
–Está bien, ¿puedo recomendarle un hotel al menos? Debe estar
cansada del viaje.
–Esa sí me parece una buena idea. Dígame por dónde ir, e iré.
– ¡Vamos!, la acompaño al taxi.
Entonces hice un gesto, dándole paso por delante de mí, para
acompañarla luego a su lado, guiándola hacia afuera del
aeropuerto. Se mostraba fría conmigo, supongo que era una
persona que tenía su confianza reservada, puesto que yo no estaba
haciendo más que mi trabajo. Cuando salimos, paré un taxi, le
abrí la puerta y, en ese momento, mi tan preciado libro se cayó
desde mi saco al suelo (como verán, lo llevaba siempre a todos
lados). Ella exclamó: “¡Textos perdidos del Libro de los recuerdos
Olvidados!”. Tomé el libro rápidamente y lo guardé con aún
mayor velocidad, mientras la miraba un poco sorprendido. Me
preguntó dónde lo había conseguido, me dijo que era un libro que
a ella le había cambiado la vida. No sé por qué, pero no le
respondí. Solo atiné a decirle al chofer que la llevara al Hotel
Royal Premium, uno de los mejores de la capital. Luego me quedé
mirando cómo se la llevaba, mientras ella me miraba desde
dentro, con su rostro pegado a la ventana.
¿Qué tan especial podría haber sido el libro para ella? Tengo que
que aceptar que para mí era muy especial, pero por el hecho de
que fue un regalo de Gisel, si bien su contenido era
extraordinario. El día de trabajo terminó y volví a mi
departamento, sin dejar de pensar un segundo en la asiática, más
precisamente en el extraño suceso del libro. Lo primero que hice
al llegar fue leer una historia. Elegí un texto que se llamaba
“Mente promedio” y me pareció tan extraño como interesante. El
mismo decía: “Una mente promedio es lo suficientemente frágil
como para creer que su existencia está atada a una persona y que
sin ella no puede vivir. Una mente conectada a las masas se
ahoga en su propia miseria que, en realidad, no es más que un
profundo invento de su imaginación. Una mente común está
inexplorada, inexplotada y es, sin lugar a dudas, un elemento
carente de voluntad, fácilmente manipulable, maleable y
gobernable.
Una mente ordinaria es capaz de ver como los días se
marchitan, tal como lo hace su propia vida, sin intentar siquiera
oponerse a esta catástrofe de inacciones, dirigida por el tiempo y
comandada por la ociosidad. Una mente carente de ideas
propias, es una mente perdida que habita en un cerebro de
materia gris virgen, que reacciona solamente por impulso, que
existe esperando el momento en que llegue su fin. Esas mentes
abundan, se reproducen con velocidad y contagian con facilidad,
aumentando, de esta manera, las unidades de su extenso ejército.
Nos superan infinitamente en número y en brutalidad, aunque
somos Dioses en consciencia a su lado. La guerra está próxima y
es inminente. ¿De qué lado estás?”
Inmediatamente me puse a reflexionar y pude asumir que era
una mente promedio buscando a manotazos de ahogado un
cambio, una evolución. Sin dudas el libro era un compendio de
espléndidas sorpresas y tenía, en cada uno de sus textos,
mensajes y objetivos claros. El día terminó sin sobresaltos, me fui
a dormir temprano buscando reponer energías para el día
siguiente.
Al despertar fui al trabajo y ¡vaya sorpresa me llevé!, la asiática
estaba parada en la puerta de mi oficina. Me acerqué titubeando,
un poco acalorado; les recuerdo que ella me llamaba mucho la
atención y verla allí aflojó los escrúpulos de mi valentía. Llevaba
ahora un vestido blanco holgado, con zapatos que me parecieron
más trasparentes que blancos, tenía recogido el pelo y usaba unos
lentes bastantes extravagantes. Para que se den una idea, parecía
una estrella Pop. Cuando estaba a menos de diez pasos me vio y
mientras me seguía acercando comenzamos una conversación.
– ¿Cómo fue su noche, señorita?
–Excelente, gracias por la recomendación.
–Es mi trabajo, no me agradezca.
–De igual manera, ¡gracias!, ¿no va a preguntarme qué hago
acá?
–No creo que haga falta, usted misma me lo va a decir, sin la
necesidad de que yo pregunte.
–Supongo que tiene razón. –respondió riendo.
–Entonces, dígame.
–El libro, ¿cómo lo consiguió?
–Fue un regalo, pero, ¿por qué tanta curiosidad?
–Como le dije, me cambió la vida. No es un libro conocido, no
creo que se hayan hecho demasiadas copias. Mi edición es la
primera y era de quinientos ejemplares. Lo he buscado por varios
países e incluso en la Web, pero no lo he encontrado. Y me
sorprendió mucho que usted lo tenga.
–Debe estar usted en un error, señorita. Si usted consiguió el
libro fuera del país, debe ser porque el libro alcanzó, bien o mal,
cierto auge.
–El que se equivoca es usted, estimado. La copia del libro me
fue obsequiada por un argentino. Es uno de los motivos por los
cuales vine al país, además de conocer sus bellezas claro.
– ¿Viajar tanto, solo por un libro?
–Amo viajar, le dije que no solo era por el libro. De todas
maneras, si lo tiene, supongo que lo ha leído; y si lo ha leído,
quiero creer que ya sabe lo esplendoroso que es.
–Sí, es cierto. No lo he leído completamente, pero lo poco que
leí, me pareció muy bueno.
– ¿Muy bueno? Estimado, creo que sabe muy poco de estos
temas. “muy bueno” es una expresión que se queda corta para
representar la magnitud de la magnificencia del libro.
–Creo que exagera, aunque repito, es muy bueno. De lo mejor
que he leído.
Ella sonrió y yo la acompañé sonriendo también. Luego,
continuamos hablando.
–Por cierto, ¿cuál es nombre?
–Akira, pero puede llamarme Aki, estimado. ¿El suyo?
–Está grabado en mi saco, me extraña que no lo haya notado.
–Tiene razón, disculpe mi falta de atención.
–Entonces, ¿quiere que más tarde tomemos un café y hablemos
del libro? Ahora debo trabajar, como usted sabe.
–Me parece muy bien, estimado. ¿A qué hora lo espero por el
hotel?
–Pasadas las diecinueve horas, señorita.
–Ahí lo estaré esperando. Habitación quince.
– ¿La quince? ¿se está alojando en la Suite?
–Sí, estimado, así es. ¿Algún problema con eso?
–No señorita, para nada.
–Nos vemos luego entonces, por favor llámeme Aki mejor.
–Está bien Aki. Así será.
Nos despedimos con un beso de mejilla y me quedé
contemplando su partida hasta que la perdí entre la gente.
Yo seguía absolutamente sorprendido con la facilidad con la que
aquella chica manejaba nuestro idioma, si bien, su acento era
diferente. Me imaginé hablando el suyo y me pareció algo muy
difícil de lograr. En fin, la tarde pasó y mi jornada laboral llegó a
su conclusión.
Pasé primero por mi departamento para cambiarme, y luego
me dirigí hacia el Royal Premium. Al llegar saludé al botones y al
dueño, que se encontraba en la recepción; había ya entablado
cierta amistad con ellos, debido a que tenían convenio con la
agencia en la que yo trabajaba. Pedí que me dejaran pasar a la
habitación de la señorita Akira, pero antes la llamaron
consultando si deseaba recibirme. Sin dudas era aquel un hotel
de confianza. Creo que ella les dijo que podía pasar, porque al
segundo de cortar, me dieron paso y me guiaron hacia la
habitación. Llevaba yo una rosa blanca en mi mano, detalle que
había olvidado mencionarles. No es que mi intención hubiese sido
conquistarla con eso, simplemente, siempre fui partidario de que a las
mujeres hay que tratarlas bien, hay que consentirlas, hay que
complacerlas, hay que cuidarlas; en definitiva, hay que amarlas. Por
ende, siempre procuraba sacar una sonrisa en cualquier mujer con la
cual establecía un contacto, de la índole que fuese.
Al llegar a la habitación no hizo falta ni siquiera que golpee la
puerta, pues ella me estaba esperando. Le di la rosa primero, la
miró con asombro: rubor en sus mejillas, brillo en sus ojos,
timidez en su linda sonrisa; luego la saludé, y sin decirme nada,
mirando la rosa fijamente, me hizo pasar y cerró la puerta. Una
vez dentro, me dio un abrazo fuerte, al son de un “gracias”
cargado de angustia, y al alejar su cuerpo del mío, vi como secaba
una lágrima que rodaba por su rostro. Le pregunté que le pasaba,
y me dijo que mi regalo le había recordado un momento especial
de su pasado, pero que ahora no venía al caso. Insistí en que me
contara, pero definitivamente no quizo hablar del tema. Me hizo
sentar entonces en el sillón de pana verde que se encontraba
frente a la puerta de ingreso. La suite era un sueño. Me dijo que
esperara un segundo y al minuto, se apareció delante de mí con
una pava y dos tazas.
– ¡Tomemos!
– ¿Acaso no íbamos a salir a cenar?
–Es la Suite del mejor hotel de la capital, no lo olvide. Acá
estaremos mejor que en cualquier otro lado. Ya me encargué de
todo.
–Está bien.
–Cuénteme ahora, ¿Cómo es que llegó el libro a sus manos?
Yo le narré básicamente toda la historia que les estoy narrando
a ustedes, desde Miranda, hasta llegar a la suite; relatada más
brevemente claro, y obviando mis fortuitas relaciones. Parecía
maravillada con mi relato, me miraba atentamente,
intimidándome con mayor intensidad cada vez que dejaba ver
su sonrisa. Cuando finalicé, para no quedar un paso atrás en
historias de vida, le pregunté a ella como había conseguido su
ejemplar. Me respondió que hacía unos meses, mientras conocía
los países de Centroamérica, un argentino se cruzó en su camino.
Hablaba de él como si hubiese sido único en su vida, a pesar de
que por lo que narraba, no lo había visto más de tres días.
Agregó que en el poco tiempo que pasó a su lado, le hizo sentir
cosas maravillosas, cosas que no se iban a borrar de su mente. La
llevó a conocer lugares increíbles, le hizo hacer cosas insólitas, la
desafió a probar cosas que ella no conocía.
Me dí cuenta de que aquel argentino había apelado a la psicología
para seducirla, bien por un don natural, sin malas intenciones; o bien
con fines de conquista. El hecho es que la había hecho vivir cosas que
ella nunca antes había vivido, experiencias que potenciaron la secreción
de adrenalina en su cuerpo; sensaciones que apuntaron directamente a
su felicidad. Ella, como generalmente suele pasar, había asociado todos
esos sentimientos a aquel chico argentino, aunque realmente eran
originados por todas aquellas experiencias. No le mencioné nada de todo
esto que estoy comentándole a ustedes, hubiese sido un comentario mal
intencionado que hubiese traído problemas. Pero el que conoce algo de lo
que estoy hablando, seguramente me dé la derecha en este tema.
La cuestión es que hablaba de él con amor en sus ojos y a la
legua se notaba que lo recordaba como si aquel especialista en
seducción le hubiese robado el corazón. Algunos minutos la
escuché con atención, luego, volvió en sí y exclamó que eso era
parte del pasado. Le pregunté si no tenía ningún indicio para
para averiguar su paradero, pero me sugirió, ahora seriamente,
que cambiemos de tema.
Entonces golpearon la puerta y ella fue a abrir. A los pocos
segundos llegó con una mesa a ruedas y sobre ella, una fuente
deplata, dos copas y una botella del mejor champagne.
La miré con asombro y le pregunté si comeríamos allí. Me
respondió, irónicamente, que esa era una pregunta sin sentido,
puesto que la respuesta era obvia; y tenía razón, vivimos
haciendo ese tipo de preguntas inconscientemente. La ayudé a
juntar los restos del té de la mesa ratona; luego, a pasar lo que
estaba en la mesa móvil a la otra; por último, nos sentamos, uno
al lado del otro, a comer. Destapó la fuente y en su interior había
una mezcla de arroz con verduras, junto con algo que parecía ser
pollo; me llamó la atención la manera en que estaban prensados
los componentes. Le pregunté de qué se trataba, “sushi” me
dijo. Le comenté que jamás lo había probado, pero que no me
emocionaba demasiado la idea de comer pescado crudo. Me
insistió y me convenció. Aún así, no me agradó en lo absoluto.
Lo comí para no parecer desagradecido, de todas maneras, fue
una cena agradable mientras hablaba con ella y la veía sonreír.
Me contó un poco de su infancia, de su familia y de sus viajes,
cosas que no creo sean interesantes reproducir. Yo no le dije
mucho, me dediqué a escucharla. El tiempo pasó y se hizo la
medianoche, le comenté que trabajaba al día siguiente y me dijo
que era mucho más aburrido que aquel argentino que había
conocido. No me gustó su comentario, pero hice caso omiso ante
ella, aunque interiormente, me desilusionó bastante. Me invitó a
irme y lo hice, diciendo que la noche siguiente podíamos repetir
la cena y luego continuaría su viaje. No me pareció mala idea, al
fin y al cabo, disfrutaba de su compañía, así que le di mi
confirmación y me fui. Volvía a sentir, mientras me iba, que ella
no era la indicada, pero, a estas alturas, ya no me sentía quién
para decir cuál lo era. Solamente me quedaba dejar que el
destino me lo mostrara.
Llegué tarde a casa, pero de todas maneras, tuve ganas de leer
otro texto del tan ya mencionado libro. Nuevamente lo escogí al
azar, se titulaba “Simple y claro”, y decía lo siguiente:
“Si algún día te preguntás, ¿Por qué estoy acá? Recordá que
estás para aprender, y que se aprende intentando.
Si algún día te parás a pensar, y contemplás sereno tu
alrededor, vas a descubrir que es amor, aquello que estás
buscando.
Si algún día querés llorar, porque sentís que agobia el vacío,
recordá que sos parte del todo y gracias a vos está funcionando.
Si algún día descubrís tu objetivo, tu propósito en esta vida,
afrontalo con todas tus fuerzas, es lo que estás necesitando.”
¡Me pareció maravilloso!, su título lo decía todo, era un
mensaje sencillo, pero no por eso insignificante. Decía todo lo
que cualquier persona en un momento de frustración necesitaría
leer. Luego de la breve, aunque satisfactoria lectura, decidí
dormir.
Al día siguiente, resumiendo y descartando los hechos
menores, me desperté, desayuné, fui al trabajo, almorcé, seguí
trabajando, volví a mi casa, me duché y me dirigí al hotel de
Akira, más precisamente a su habitación, tal como lo habíamos
planeado. Lo que pasó una vez que crucé esa puerta sí me
interesa narrarlo con sumo detalle. Lo primero, sorprendente,
fue que ella me recibió con una bata de seda azul totalmente
extensa y tenía el cabello recogido; la combinación de ambos
factores me resultó una preciosura. Seguido a eso, la saludé con
un tímido beso en la mejilla, sonriendo ella en respuesta e,
invitándome luego a sentarme en el sillón. Segundos más tarde,
mientras ella preparaba té y yo miraba lo lujoso de esa
habitación, sentí una contractura fuerte en el lateral izquierdo de
mi cuello, cerca del trapecio. Cuando ella regresó a donde yo
estaba, me encontró masajeándome la zona antes mencionada. Al
preguntarme qué me pasaba, le respondí aquello que acabo de
contarles a ustedes. De inmediato me hizo parar y me llevó hasta
otra habitación en donde había una cama. Me pidió que me
sacara la remera y me hizo recostar boca abajo; yo no me opuse,
ni siquiera me animé a acotar nada. Comenzó entonces a
masajearme el cuello y la espalda, generándome dolor y placer al
mismo tiempo. Cuando sentía que el dolor era mucho mayor al
placer y estaba por detenerla, arrojó un líquido denso sobre el
centro de mi espalda y comenzó a masajearla completamente. A
la brevedad todo el dolor se convirtió en placer. Varios minutos
estuvo trabajando en la zona, relajando mi espalda y aplicando
más fuerza en mi cuello para sacar el nudo. Yo soy bueno
haciendo masajes y tengo conocimientos, pero ella parecía una
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especialista en el tema. Cuando acabó, me dijo que ya podía
vestirme; pero a cambio, le ofrecí devolverle el favor, a lo que
respondió que podíamos después de comer. Entonces, ya
totalmente relajado y feliz regresé al sillón y ella me siguió,
tomamos el té mientras me contaba sus planes futuros. Luego,
apareció de nuevo con la mesa de ruedas y la fuente, repetimos
el procedimiento del día anterior. Pero esta vez, al destapar la
fuente, había una especie de ensalada con muchas verduras.
Realmente esa comida sí me agradó tanto como su compañía. Al
finalizar, le recordé los masajes y me dijo que la esperara
mientras se dirigía al cuarto de la cama. A los cinco minutos me
llama con un grito, y cuando entré la encontré tirada boca abajo
y sin ropa; solo una toalla tapaba la zona de sus caderas. Le
pregunté qué hacía, y me respondió que le hiciera un masaje
completo. Comencé a temblar de los nervios, empecé a tocar su
espalda suavemente, me dijo que utilice el aceite que había
utilizado ella; tomé entonces el pomo, pero de los nervios lo
apreté demasiado fuerte dejando caer gran cantidad en la
espalda de Akira, aunque a ella pareció gustarle.
– ¡Así que te gusta jugar!
–No, noo, ¡fue un accidente!
–Mostrame que tenés, argentino.
Entonces desparramé todo el aceite por su espalda y su cuello,
mientras ella parecía sentir gran placer con cada roce de mis
manos en su cuerpo; luego pasé a sus piernas, salteando, claro,
sus glúteos. Terminé en sus pies, los cuales me llevaron unos
quince minutos. Ella disfrutaba enormemente mis masajes y
cuando concluí, me dijo que ahora le tocaba su turno de nuevo.
Me pidió que me sacara toda la ropa y que me acostara como ella
lo había hecho. Ella se fue desnuda del cuarto y yo obedecí. Ella
volvió con la bata puesta, aunque semi abierta. Lo primero que
hizo fue retirar la toalla de la zona en la cual la tenía, diciéndome
mientras tanto que no hacía falta, que ella no era tan cobarde
como yo. Entonces, comenzó a masajear con suma delicadeza
toda mi parte posterior. Cuando parecía haber terminado en los
dedos de mis pies, sentí como su cuerpo se posaba sobre el mío,
y haciendo unos leves movimientos; creo que estaba
masajeándome con sus pechos, su vientre, sus manos y sus
piernas. Eso me excitó de inmediato, no puedo negarlo; me
mantuve en silencio hasta que ella me dijo que me volteara. Le
dije si le parecía apropiado, pero respondió lo mismo que me
acababa de decir, entonces, volví a obedecer. Volteé y ella siguió
haciendo su arte sobre mí. Entre roces y roces, definitivamente
esa escena terminó en sexo, uno de los más largos y placenteros
que pude haber disfrutado en mi vida. Al terminar nos bañamos
juntos, pero ya no me quedaban energías para seguir con sus
juegos sexuales, puesto que el primero me había agotado.
Entonces, simplemente nos bañamos. Luego de eso, llegó la hora
de despedirse, dijimos que nos mantendríamos en contacto y
esas cosas que siempre uno dice y pocas veces hace. Luego me
retiré.
Ella fue una chica sumamente interesante en mi camino, dentro de la
historia de la búsqueda de mi aventura, pero no fue lo que esperaba. La
dejé ir, como se fueron todas las anteriores y, con cada una, el recuerdo
de mi querida Miranda se tornaba más azotante.
Con el tiempo, todo fue volviéndose monótono, mi chispa interior
perdía potencia, todo era un poco más vacío con cada noche de soledad.
Estaba a punto de rendirme, de renunciar a todo y regresar a mi pueblo,
les aseguro que me estaba agotando, pero entonces, Gisel volvió a
aparecer una mañana.

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