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¿HAS PERDIDO TUS DETALLES?

Lujuria

Deseo

Más allá de mis deseos

Sos una muestra de mi lujuria. Fuiste más allá de mis controles, limitaciones y precauciones. Con vos no me pude contener. Tus encantos se adueñaron de mi tez y mi mente se extasió hasta sus confines. El resultado fue un desquicio exacerbado de mis impulsos más salvajes, que me llevó a fundir mi piel a la tuya, de un modo incontrolado, una y otra vez, hasta el más placentero y exhaustivo cansancio. Pero eso no fue todo. Mí libido comenzó una escala ascendente y progresiva, que me llevó a adquirir una obsesión desmesurada por tus mieles más mundanas.

Más allá de la materia

Así, aquel primer encuentro que prometía ser de manifestación única e irrepetible, se convirtió en lujuria pura, en una cascada de choques incontinentes, que me llevó a perder la atención en mi vida y puede que también un poco a ceder mi razón. Mi cuerpo se volvió un esclavo de tus caprichos y el tuyo se fue tornando un instrumento de mis perversiones más oscuras. Siempre tuve un poco de certeza de que esto terminaría por consumirnos; de igual manera, poco pude hacer al respecto.

La exageración y el descontrol fueron los patrones constantes que cosechamos en cada encuentro carnal, en cada sitio insospechado, a cada lapso prodigioso. Nosotros sobrepasamos nuestras capacidades y la situación nos sobrepasó a nosotros. Terminamos olvidando que existía otro mundo más allá de nuestros labios colapsando, nuestros corazones compartiendo sus latidos y nuestros vehículos físicos fundiéndose a discreción.

Acabamos mal

Tarde comprendimos, o puede que “aceptamos” sea un término más acertado, que la lujuria sin censura decantaría inevitablemente en una sumersión asfixiante de nuestra estadía en la sociedad y que, a la larga, nos llevaría a la asfixia de nuestra propia cordura, estabilidad y felicidad.

Como todo lo que no lleva un seguimiento que evite su desenfreno, este extremo también acabó con todo lo que éramos y todo lo que teníamos. Quedamos solos, teniéndonos el uno al otro; más ya tampoco nos queríamos; puede porque nos culpáramos mutuamente de nuestros errores sociales.

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